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Carlos Bueno - 30/06/2015

Sólo dos asientos más allá del mío ocupaba su localidad un señor que parecía tener un contencioso con Morante. “No va a hacer nada”, vaticinó a modo de premonición antes de que el de La Puebla diese los primeros lances. Y Morante no hizo nada, al menos nada que le agradase al profeta que con su grave voz martilleaba mi sesera cada vez que el torero sevillano amagaba con dar un muletazo. El torete no tenía las mínimas condiciones para hacer el toreo y Morante no se entretuvo con él. Cogió la espada y lo pasaportó. Inexorablemente los reproches crecieron, en especial los de mi agrio vecino que, cual líder de pensamiento, sentenció: “Éste se cree que somos de pueblo, por eso nos engaña. En Madrid no hubiese hecho lo mismo”.

Hasta ese momento yo había aguantado impávido, sereno de apariencia todos sus pronunciamientos y sermones, pero ese último dictamen me impulsó a explicarle que Morante hace lo mismo en todas las plazas, que su entrega no depende de la categoría del coso sino de la calidad del animal al que se enfrenta. No pareció muy convencido el agorero, aunque la aclaración sirvió para que, de momento, dejase de taladrarme la cabeza.

Sin pretenderlo analicé sus posteriores reacciones y aseveraciones, y pronto comprendí que el sujeto quería toreros trabajadores, de los que se justifican; era partidario de los artesanos más que de los artistas. Para él la rentabilidad de la entrada se traducía en número de pases; cuantos más mejor. Enloquecía cuando otro coletudo de la terna conseguía dar tres muletazos ligados sin importarle que en los cites retrasara la pierna de forma exagerada y antiestética. ¿Cómo explicarle que precisamente eso sí que era una cosa que nunca se atrevería a hacer en Madrid? Imposible; el gurú estaba tan ensimismado contando lances que resultaba absurdo cualquier intento de hacérselo ver. Es más, estoy convencido de que no hubiese sido lo acertado. Tiene que haber gente “pa tó”, ya lo dijo El Gallo, y su entrada tenía el mismo valor que la de cualquier otro aficionado.

La tarde tuvo además una anécdota de la que mucho se ha hablado en los últimos días. Después de un primer intento de regar la plaza abortado por El Juli, que la emprendió con el operario porque estaba provocando zonas más húmedas que otras, en el ecuador de la corrida Morante se acercó despacito al regador y le pidió la manguera para ser él mismo quien acabara humedeciendo toda la arena de la plaza por igual con tanto temple como gracia. Le agradó el hecho al vecino vociferante, que aseguró que así el de La Puebla ya se había ganado el jornal.

Todo esto sucedió hace una semana en la Feria de Hogueras de Alicante, y casualidades de la vida anteayer me encontré por la calle con el ínclito de la voz grave. Le pregunté cuál era el primer recuerdo de la corrida que le venía a la mente. “Morante con la manguera”, me respondió sin pensarlo, al tiempo que confesaba no estar seguro del número exacto de orejas que se cortaron en el festejo. Sonreí, le di la mano y continué mi camino desistiendo de cualquier intento de contarle que para mí es más importante la intensidad que la cantidad, la emoción que la diversión. Al fin y al cabo ese es sólo mi concepto, y tenemos que haber gente “pa tó”.

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