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Carlos Bueno - 06/10/2015

“A nosotros nos gustan cosas normales”, lo dicen Arévalo y Bertín Osborne en “Por humor al arte”, su último espectáculo. Llevan de gira ya varios meses y todavía les quedan unos cuantos por delante. Cinco funciones por semana y todas ellas a teatro lleno, lo que significa que muchísima gente -no soy capaz de calcular cuánta- les ha visto actuar y lo seguirá haciendo. Casi dos horas de risas continuas, y en medio de sus ocurrentes diálogos, en un par de ocasiones, sueltan la frase de lo que a ellos les gusta y de lo que ellos suelen hablar: “Cosas normales, como los toros”. Sí, lo dicen sin tapujos, sin ocultar su afición ante todos esos espectadores que acuden a verles gala tras gala.

Los toros, algo normal. Puede parecer una tontería pero no lo es. Presumir de pasión por el toreo no es habitual en los tiempos que corren. La corriente antitaurina ha conseguido que demasiada gente disimule su afición. No se habla de tauromaquia en el trabajo ni en los bares. Los chavales no dicen en clase que les gustan los toros por si el profesor es anti. Quienes buscan empleo borran de su historial de Facebook cualquier rastro que pueda relacionarles con el arte de Cúchares porque las empresas, antes de contratar, lo investigan todo, y no sea caso que el patrono no simpatice con esos gustos.

Ahora, ser aficionado sólo se confiesa en ambientes cerrados y seguros, entre gente también devota, lo que convierte al taurino en un auténtico friki. No es malo ser friki si por ello se entiende que alguien practica desmesurada y obsesivamente su afición. Al menos a mí no me importa que me tilden de ello. Lo que no consiento es que me tachen de extravagante, excéntrico o raro. Raro no, que ya lo dicen Arévalo y Bertín: “los toros son algo normal”. Al menos lo eran hasta que el tsunami animalista irrumpió en la sociedad sin que los taurinos supieran contrarrestarlo.

No es fácil evitar que ese huracán antitaurino haya arrastrado al amplio grupo de ciudadanos que “no sabe no contesta” hasta ponerlos de su parte. La gran arma de la que disponía el sector taurómaco para neutralizar esa corriente eran los datos. Datos aplastantes sobre la repercusión de la Fiesta en la economía y el empleo, el beneficio medioambiental de las dehesas, el esmero con el que se cuida al toro… y los derechos constitucionales y libertades democráticas que todos tenemos. Pero eso hay que contarlo y no se contó. Se perdió la batalla de la tele y en las radios apenas quedan programas escondidos entre las parrillas nocturnas. En la mayor parte de los medios de comunicación los toros no son tratados como algo normal y no aparecen a no ser que haya titulares sensacionalistas o sangrientos de por medio; y hacerse oír sin voz es complicado.

Las tertulias y coloquios taurinos están muy bien, pero sólo atraen a los feligreses de siempre. La Fiesta necesita ir más allá de los frikis fieles, y para ello es fundamental que en la plaza ocurran a menudo hechos emocionantes con toros bravos y toreros buenos. Eso animaría a quitarse las caretas, a presumir de afición, a transmitir la excitación que provoca el toreo y a normalizarlo en la sociedad. Los toros, algo normal, como aseguran Arévalo y Bertín, a quienes, en nombre de todos los aficionados, me permito dar las gracias por exhibir en público y sin pudor su taurinismo.

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