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Carlos Bueno - 17/02/2015

El Soro está eufórico. Vuelve a sentirse torero, lo que es; figura, lo que fue. Una persona plena. Vive por y para el toreo. Entrena día y noche. Se machaca físicamente, lancea de salón horas y horas, no se cansa de hacer campo. Vive prácticamente recluido cual monje de clausura. No hay distracciones. Concentración plena. Ni rastro de aquel cuya cojera le tenía turbado. ¿Quién lo iba a decir? Será verdad que la voluntad férrea todo lo puede. El milagro se obró y el cojo, no sólo andó, sino que fue capaz de volver a vestir alamares después de más de veinte años inválido y con casi medio centenar de operaciones en sus rodillas.

Xàtiva fue su primer contacto con los ruedos. Su chispeante brillaba con luz especial aquella tarde de agosto. Foios le vio repetir hazaña llegando la Navidad, y los Reyes le trajeron de regalo la noticia que esperaba: estar anunciado en la Feria de Fallas, la “suya”. Palabras mayores. En Valencia saldrá el toro, que es lo que salió en Xàtiva y en Foios pero con cien quilos más. Pero a El Soro no le importa el peso de sus antagonistas. Se siente seguro, aunque posiblemente no lo pueda estar al cien por cien porque su pierna no es la de antes.

¿Es una locura torear en Valencia? Imagino que sí ¿Y quién puede afirmar que los toreros estén cuerdos? Todo arte es imperfecto y, por tanto, conlleva algo de desequilibrio. Quizá la razón no pueda explicar lo de El Soro. Quizá sólo sea que los sueños, a veces, se tienen que cumplir; que Valencia y la Fiesta estaban en deuda con quien tanto representó para la ciudad del Turia y para la tauromaquia y que se tuvo que marchar por la puerta de atrás.

Ahora se le abre la puerta principal con todo derecho para que dé lo que lleva dentro y necesita sacar y para que reciba el cariño de sus feligreses, los que, como yo, le queremos de verdad. Y será porque le quiero que tengo el corazón “partío”, que, mientras mi ventrículo derecho siente el instinto de conservación y no quiere que se exponga al peligro, mi ventrículo izquierdo apuesta por la bendita locura del toreo, esa que le dará la felicidad que ansía y merece el bueno de Vicente. Él sabrá si está o no para hacer el paseíllo en Valencia. No es ningún “chalao”. Fue y sigue siendo un maestro. Suya es la elección y la responsabilidad.

Era necesario volver a la plaza que le vio nacer para renacer, para cerrar el círculo, para que se consumara el milagro personal, médico y taurino. El Soro ya está anunciado. Ahora sólo cabe esperar que los toros salgan con el trapío que requiere Valencia pero, por favor, sin malas intenciones, que su chispeante brille con más luz que nunca y que el sueño acabe con un feliz final.
 

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