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J.C.M. - 05/02/2016

Llegó el día D, a la hora H. Todo preparado para la triunfal vuelta a los ruedos o reaparición o como quieran llamarlo (ya no sabemos si está, si no está, si puede o no puede, si quiere o no quiere) del maestro José Tomás. Un marco excepcional como es La México, todo el billetaje vendido, reventa por las nubes. Un cartel bien acompasado, mano a mano con el ídolo local Joselito Adame. El ganado lo menos brillante de una tarde que anunciaba el éxtasis apocalíptico de más de cuarenta mil fanáticos del maestro de Galapagar.

"Como alcalde vuestro que soy os debo una explicación, y esa explicación que os debo os la voy a pagar", pregonaba el inolvidable alcalde de Villar del Río en la genial comedia de Berlanga Bienvenido Míster Marshall, allá por los primeros años cincuenta. Como nuestro Míster Marshall particular, Don José Tomás, salvador y mesías de la tauromaquia nacional, no fue fiel a su cita. Aquel tristón perfil de gran torero, hidalgo con magia en su muleta, derechazos y naturales de estela infinita sobre el polvo del albero mexicano, debió perderse por las transitadas calles de D.F. camino a la Monumental. Circunspectos los asistentes, protestones y hasta osados, silbaron y reprocharon al gran maestro, tanto en el fragor de la batalla como el botín de la misma. Cariacontecidos los rostros de los cuarenta mil inquilinos como los de los agricultores, ganaderos y demás habitantes de Villar del Río a la espera de un Señor Marshall que jamás compareció, salvador de la España de posguerra.

Como siempre, hay críticas constructivas y otras denigrantes. Algunas  de estas se han oído estos días en boca del mandamás de La México. Habría que ver, si la tarde hubiera terciado en triunfal puerta grande del madrileño, si entonces era el número uno o el cinco, si es negocio o no contratarle o si el insidioso comentario de los trescientos boletos hubiese tenido cabida. En alguien del calado del Señor Herrerías solo es entendible su pataleo por culpa de la frustración de un festejo que fue la mitad de la mitad. Recapacitará (ya lo hizo ofreciendo una segunda oportunidad a JT. Nadie tropieza dos veces en la misma piedra, ¿o si?).

Sirva lo sucedido para reflexionar sobre las muchas bondades de uno de los mayores espectáculos de masas de España y México, pero en ocasiones caro, incómodo, poco pensado para el que paga, el espectador y con una rémora: el espectáculo no siempre está asegurado. Y no siempre acudirá al auxilio nuestro Míster Tomás.      

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