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J.C.M. - 05/06/2017

Nos deja el fin de semana la agitación de los tendidos taurinos de San Isidro por mor de la concesión de dos orejas, a Enrique Ponce y al joven novillero Juan Miguel, a entender de ciertos sectores, inmerecidamente. Al valenciano le valió para abrir la puerta grande de Las Ventas quince años después y al de Colmenar de Oreja para que la moneda de la última oportunidad saliera cara. Más allá de la disparidad de criterios por parte de los ocupantes del palco presidencial a la hora de valorar la suficiencia de los méritos contraídos por ambos, siempre tendrán a su favor el peso moral de las peticiones del respetable, cada vez menos respetado y el recriminarles que en circunstancias similares no hayan atendido dichos reclamos.

Y hablando de respeto, a algunos les ha resultado más fácil atizar a un joven muchacho que a punto estuvo de dejarse la vida en el ruedo en pos de darle esquinazo al punto final de una carrera sin el colofón de la alternativa, que al maestro consagrado y colosal. Donde algunos tornaron ayer domingo en meritorios luchadores romanos por la fiereza de los hierros que matan, el sábado eran graciosos profesionales aplaudidos por un público provinciano que desprestigiaba a la primera plaza del mundo. Todo fuera que los señoritos de camisa fina y pantalón de raya diplomática andaban buscando donde ver la final de la Champions lejos de la ordinaria calle Alcalá. No discuto que el maestro Ponce estuviera más o menos certero con el acero o que la lidia en el segundo de Juan Miguel fuera más o menos estética por las circunstancias de un novillo, el de Flor de Jara, que se propuso cazar al diestro sin darle nada a cambio, pero no cabe duda de que ambos, a su modo y con sus posibilidades, honraron la profesión dejándose el alma en cada rincón del ruedo y algo más que el alma. O será que Juan Miguel es un poder fáctico del mundo del toreo al que rendir pleitesía desde la Presidencia y ninguno nos hemos enterado aún...

El público o más bien, la mayoría del público, expresa el sentir de quien hace posible que los tendidos de las plazas rebosen, por mucho desconocedor teórico que lo haga imbuido por la ilusión de disfrutar del capote de Morante, de la muleta de El Juli o del arrojo de Roca Rey, pero siempre ha de ser desde el respeto a quien cada tarde, sean una o veinte, con más o menos pericia artística, se juegan la vida sin más arma que un trozo de tela rojo. Yo desde luego, no soy capaz...

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