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J.C.M. - 20/11/2015

El pasado martes en el estadio de fútbol de Wembley, en Londres, más de noventa mil almas, inglesas y francesas, despojándose de las barreras culturales que la política y la historia han plasmado sobre un mapa, cantaron al unísono el himno galo, la Marsellesa. Noventa segundos que emocionaron al mundo entero que observaba con la piel de gallina semejante ejercicio de paz, alegato de protesta contra la barbarie humana padecida por más de un centenar de ángeles parisinos días atrás.

Aunque fuese solo por un breve instante, no hubo diferencias ideológicas, nada fue capaz de dividir o enfrentar ni a esos noventa mil ni a cualquier otro ser humano con un mínimo de corazón que asistiese a semejante puesta en escena en cada uno de los rincones del planeta. Entendiendo que quizá sea un sueño o que la carga sentimental del momento lo hizo posible, sí que dejó patente que cuando todos miramos al frente y remamos en la misma dirección, nos sentimos más fuertes.

Valga este utópico pellizco de realidad para que los que formamos parte activa de este nuestro querido mundo de la tauromaquia, aficionados, empresarios, ganaderos, instituciones públicas o medios de comunicación, seamos capaces de poner desde ya los medios para salvar el considerado segundo espectáculo de masas, que lleva soportados demasiados empellones desde fuera. Mientras no tengamos la voluntad de dedicar noventa segundos a despojarnos de diferencias y pensar todos en todos, seguiremos siendo igual de vulnerables.

Por cierto, y vosotros, toreros, auténticos protagonistas de todo esto, si acaso me leéis, también.
 

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