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J.C.M. - 02/06/2017

Pese a la controversia generada pues sabido es que de política, fútbol y toros todo el mundo opina y que para gustos los colores, en la vigésimo tercera de la feria de San Isidro el eterno Enrique Ponce ha puesto la plaza de Las Ventas, abarrotada para la ocasión, patas arriba tras cortar sendas orejas a dos ejemplares del salmantino hierro de Garcigrande y que le han valido para enfilar la calle de Alcalá a hombros de una afición exigente pero muy conocedora de lo que las grandes figuras deben dar en el ruedo de la Monumental.

Y lo hizo el día que un joven aprendiz, Varea, confirmaba alternativa. El castellonense a falta de mayor botín se llevará a casa una lección ejemplar que nunca olvidará y que a poco que la aprenda con devoción hará de él un gran matador de toros. Dos toros, dos faenas muy diferentes, versatilidad de un torero que pareciera haber pactado con el diablo el secreto de la eterna juventud pues más que sumar años de profesión los descuenta por el sendero de los que fueron sus mejores inicios en esta profesión. Cierto es que con la espada no ha sido su mejor tarde y que la segunda de las orejas ha generado división de opiniones en algún sector del público reticente en exceso a reconocer los méritos del valenciano, incluido el presidente que apuró su veredicto hasta el último segundo cuando las mulillas enfilaban la vuelta a la puerta de arrastre. Fue una oreja, como la primera, pedida por un público, el de Las Ventas, que llevaba quince años esperando a Ponce y hoy le encontró, pese a quien pese, en su máximo esplendor.

No utilizaré adjetivos pomposos pues empiezo a confundirlos con sustantivos y adverbios fruto de la emoción de querer contar a mayor velocidad de lo que me dictan los sentimientos, tan solo le diré al bueno de Varea que repase una y mil veces cómo se sujeta un toro suelto en el capote, como se administra el esfuerzo de su oponente o como medir con acierto las tandas exactas de muletazos que el primero de Garcigrande podía ofrecer, por no hablar de la suavidad en la ejecución, de la delicadeza o el buen gusto por el toreo tradicional sin un solo adorno hueco. O que rememore siempre que pueda la valentía y recio carácter de su padrino hoy para irse al tendido del 7 a disfrazar de toro a un animal sin virtudes, un toro al que Ponce ha sacado más de lo que tenía, un toro inventado. Un toro con el que salió indemne de una encerrona de las muchas que Varea se encontrará por las distintas plazas que a buen seguro pisará por méritos propios a partir de mañana.

Salió a hombros el maestro bajo el cielo de la capital de España cuando tornaba su azul oscuro en negro, cielo que a los pocos minutos rompió en forma de lluvia que simbolizaba la alegría de una afición que podrá ser exigente como ninguna pero que no es ni tonta ni manipulable. Ponce hoy, de Madrid al cielo.

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