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J.C.M. - 03/04/2016

Terminada la Semana Santa, tiempo de devoción y pasión, de expiar los pecados, toca hacer balance de los grandes festejos que se agolpan en el fin de semana de Gloria y Resurrección. Especialmente tres: Málaga, el sábado y Madrid y Sevilla el domingo. Por mor del calendario seguían calientes los rescoldos de Fallas, de unas Fallas donde el denominador común más allá del triunfo de un Roca Rey lanzado al estrellato y de las buenas actuaciones de otros toreros que no son los que esperábamos, ha sido el fracaso de los grandes hierros, decepción absoluta los de Victoriano del Río, Garcigrande y Núñez del Cuvillo y sosos los de Juan Pedro Domecq, en los días marcados en rojo en el calendario. Del resto de ganaderías, en algunos casos, mejor no decir nada.

En este contexto se presentaron en Málaga una terna de hierros en sustitución del anunciado del Cuvillo, entiendo que ausente por el escaso brillo que tuvieron en Valencia, que adolecieron de recorrido y juego. En Madrid, la pareja Martín Lorca y Escribano Martín pasó sin pena ni gloria. Y los Domingo Hernández y Garcigrande mansearon en Sevilla. El balance de los ocho diestros, entre los que estaban todos los de arriba (sólo faltó El Juli), más uno que anda rondando, Jiménez Fortes y otro que venía de triunfar en la capital del Turia, Cayetano, es la oreja de Talavante. Pobre balance no achacable en esta ocasión a los diestros, salvo los perdidos por Morante y Jiménez Fortes sobre la campana por  los aceros. Parece una perogrullada pero a esto se juega con toros y sin toros no hay toros.

Así que ni gloria ni resurrección. Plazas de primera, días muy señalados con aroma taurino. Carteles bien rematados por lo general (mejorable el de Madrid), pero pobre el ganado, que no el nombre. El resultado es un aficionado que hace un esfuerzo por llenar las plazas y que acaba saliendo dos horas y media después con un cabreo de considerables dimensiones y muy desencantado. Ahora hay que pedirles que vengan a Sevilla quince días y a Madrid un mes de seguido. A ver quién le pone el cascabel al gato. ¿Deberían ponérselo los encargados de la crianza de un animal que pierde bravura y condiciones por momentos? El argumento de que el toro bravo cuesta su dinero y no se está pagando me parece lícito. ¿Entonces han de ser las empresas las que tienen que pagar el precio justo del animal? El argumento de que dicho precio no ayuda a hacer viable el festejo es también lícito. ¿Entonces son los matadores los que han de rebajar sus honorarios para poder enfrentarse a un digno oponente? El argumento de que ellos son parte primordial del espectáculo, llevando al respetable a los tendidos, por supuesto que es lícito, ¿o no?

Círculo vicioso, penitencia de un animal que en su semana más santa perdió gloria y no avista resurrección alguna.

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