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Paco Ureña se impone y corta una oreja. Morante y Manzanares se van de vacío
Paco Cañamero / salamancartvaldia - 12/09/2015
Adrián Martín
Adrián Martín

La tarde había devenido en una siesta. De las de roncar. De las de manta y orinal que decía Cela, don Camilo José. No hubo más que algún rafagazo artístico en medio de una corrida desilusionante, con falta de fondo, de raza y con las fuerzas muy justas, rayando la invalidez. Lo único positivo fue la brevedad, porque tanto sopor se hubiera hecho insoportable hasta que salió el sexto toro. Porque en el momento que asomó por chiqueros allí había un menudo torero que quería comerse el mundo. Era Paco Ureña, que aunque había cortado una oreja en su primero, sabía todo lo que se jugaba esa tarde en territorios comandados por sus apoderados y necesita reeditar confianzas para despejar dudas y llegar tranquilo a las ‘canales’ para seguir al lado de la poderosa casa Chopera.

A esas alturas ya la gente tampoco confiaba en que se arreglase tal desaguisado. Ya estaba harta y hasta decepcionada con las dos figuras, sin olvidar que también muy molesta por el prohibitivo precio de las entradas de Salamanca que en esta tierra convierten a una tarde de toros en un objeto de lujo. Y no tener nada por tal alto precio se hace muy pesado cargar con el morral lleno con el peso la decepción. Por eso cuando Ureña, paisano de aquel gran estilista del toreo que fue Pepín Jiménez, lanceó con tanto garbo y buen hacer la gente despertó de la siesta y cual milagro se reincorporó para jalear a ese muchacho que era el hermano pobre del reparto, aunque si estaba allí es por ser vos quien soy. Se hartaron a aplaudir sus lances, que además abrieron la caja de la esperanza y ya todo fue real en el galleo por chicuelinas desde la boca de riego para llevar el toro al caballo.

Tan predispuesto salió que ya la gente se puso definitivamente de su parte cuando echó las dos rodillas en tierra para comenzar la faena de muleta con una tanda sobre la derecha, a la que sigue otra, ya en pie, que hace arrancar  la música con el bello pasodoble ‘el gato montés’. Porque en ese momento, in extremis y cuando tocaba sonar la campana el muchacho se hizo el amo de la plaza con la entrega de un novillero que además toreó con la mano baja y muy despacio. Con hondura y ángel, sobre todo por la diestra, porque al natural no se empleó. Con unos circulares puso fin a su apasionado y muy buen hacer antes de perder las dos orejas por el mal uso del acero. Pero dejó la esencia de su buen hacer, la calidad de su interpretación y unas ganas a años luz de las dos figuras con las que hizo el paseíllo. Y todo cuando iba a sonar la campana y mucha gente ya no quería más que abandonar el ruedo aferrándose al tópico de ‘tarde de expectación…’.

Morante, que venía de triunfar en Valladolid sorteó un inválido que debió haber sido devuelto, pero el presidente (que parece estar más al servicio de la empresa que de defender al público) mantuvo en el ruedo en contra de todos. El de La Puebla lo macheteó entre la indignación del público. Más bonito e incluso hondo fue el segundo de su lote, frente al que deleitó con un lance que paró el tiempo. Un lance perfecto, lento, despacioso y que erizó el vello de lo hermoso y torerísimo que era. Pero que al final no fue más que un flash, porque al segundo ya lo enganchó el percal y no pasó nada. Como un flash fueron dos naturales en una labor que supo a poco. Porque la gente fue a que le regalase la esencia de su arte. De su genialidad. De ese don único que atesora quien es un lujo de la Tauromaquia y que en su nuevo pasó por la feria de Salamanca no dejó más que algún detalle. Poca cosa para lo que era un ágape de tanto alto copete.

Del enlutado Manzanares (con su vestido semejante al de Joselito cuando murió su madre –la señá Gabriela- y guardó luto un año-, que llegó al patio y varias muchachitas enloquecieron como si fuera una estrella del rock, lo mejor fueron tres lances en su bagaje frente al primero. Nada más a cargo de un torero al que a estas alturas se le ve aburrido, sin ganas, abúlico y con ganas de colgar el chispeante para descansar en el invierno. En su segundo más de lo mismo, aunque con el agravante de ponerse pesado.

Y es que la tarde no dio más de sí. Solamente cuando tocaba la campana la gente despertó de su bostezo para disfrutar con Paco Ureña al que los muchachos de la Andanada Joven despidieron con gritos de ¡torero, torero!                  

FICHA DEL FESTEJO Ganadería: Se lidiaron toros del Puerto de San Lorenzo. Desiguales de presencia, el mejor presentado el cuarto. En general bajos de raza y de fuerzas.

Morante de la Puebla: Pitos y división.

Manzanares: Ovación y silencio.

Paco Ureña: Oreja y gran ovación de despedida.

Ambiente: Tres cuartos de entrada en tarde nublada. 

 

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