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José Luis Rodríguez García - 18/02/2017

No sé si iré a Sevilla. Pero me gustaría un montón. Se trata de un deseo que vuelve a mi espíritu como las golondrinas de Becquer regresan a su balcón.

Suena ya el runrún de los carteles de toros. Los que entran, los que estuvieron y no estarán, los que esperan, los que se cuelan, los que se lo merecían y se caen y...

Toreros a punto de escriturar (como se decía entonces), ganaderos configurando mentalmente las sacas para plazas y diestros soñados; los empresarios con las calculadoras, números arriba y números abajo y el IVA revoloteando como un moscardón alrededor del monto del billetaje. No hay nadie que le propine un palmetazo al impuesto recaudatorio.

Señores, estamos aún en invierno y ya es primavera. Los toros del Sur se adornan con prímulas los pitones.

Y los aficionados barruntan que  habrá dolores y amarguras en la Fiesta. Que el toreo es vida y la vida hay que ganarla con verdad verdadera, con vergüenza torera. Esa rara y escasa virtud de ser y parecer de una sola pieza, sin un  paso atrás.

Nunca, en tiempo anterior, se toreo  mejor que "ahorita" y... pongamos que hablo de siglos.

Si no se tuercen las cosas, la temporada promete toreo supremo, maestros en sazón y glorias emergentes.

Por eso habrá que ir a Sevilla, a Valencia, a Madrid... y pasar por alto,  un año más, por Barcelona (qué pena)  y rematar en Zaragoza, que allá por el Pilar  pondrá broche de diamante al delirio taurino, cuando no nos quedaran casi fuerzas.

¿Y de dónde vamos a sacar tanta pasta para ir a los toros comprando pasajes de avión, billetes de tren, reservas de hotel, carreras de taxis, cuentas de restaurantes...?

¿De dónde? Eso, ¿de dónde?

¿No tenemos todos una hipoteca con cláusula suelo? Pues de ahí. Del Banco, de la devolución del parné que nos corresponde según el Tribunal Supremo.

...Ya me vienen a memoria las calles de Sevilla, oigo el trote de los caballejos, la alegría de sus gentes, el bullicio de sus tabernas y se me aparece, envuelto en el cejo, en la misma orilla del Guadalquivir, Belmonte en bronce, junto el rumor de las aguas que tenía que vadear para robar, por la noche, sin luna, con un candil, cuatro capotazos a un toro abochornado.

¿ Cómo voy a ir a Sevilla?

¡A gatas!

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