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José Luis Rodríguez García - 20/03/2016

El día 13 de marzo no podía estar personalmente en Valencia y mandé un correo a la Unión Taurina de la Comunidad Valenciana en el que, entre otras frases, escribí: Me duele no poder ocupar durante esa jornada un espacio en la concentración, a la que he sido invitado a través de los medios de comunicación, y lo siento especialmente porque se va a solicitar LIBERTAD y RESPETO.

La concentración ha patentizado que somos muchos los que queremos que se respete la Fiesta, y ahí ha quedado para la posteridad la imagen multitudinaria llenando las calles y las  plazas, y aún siendo tan potente el aldabonazo no debemos de engañarnos. Me explicaré: 

Los que fueron a la "mani" son una mínima representación (por descontado dignísima y relevante en todos los sentidos) del ingente número de ciudadanos que asisten o no a ver los toros y desean que no se entorpezca y menos aún se denigre la tauromaquia. Actividad reglamentada como pocas y que se halla entrañada desde hace siglos en las costumbres, como refleja nuestra lengua común.

Los antitaurinos, aunque no nos lo parezca, desde siempre han contribuido al toreo, y ahora también lo están haciendo con los ataques demagógicos. A cada acción una reacción.

Nótese que el aficionado, como se está verificando,  es prudente y se carga de razones frente al débil argumentario de los animalistas. La pólvora en Valencia  no estaba mojada.

El toreo encierra valores frente a la vacuidad de las imágenes que provocativamente proyectan los antitaurinos a través de los medios de comunicación, ávidos de captar la atención y solapando lo que es normal (y eso no está bien), la realidad de las vidas de muchas personas dedicadas en torno al toro.

Lo taurino está estructurado, es complejo, comprende las dehesas, miles de hectáreas, cientos de cabezas de ganado, explotaciones que producen alimentos para la cabaña y también para las personas, impulsan profesiones diversas, investigadores, veterinarios, economistas, peritos agrícolas, capataces, vaqueros, etc., los precisan para su desarrollo; constituye un sector empresarial dinámico que devenga impuestos, genera empleos, altas en la Seguridad Social, influye en la riqueza de otros sectores y termina proporcionando solaz  para un turismo rural y espectáculo en los cosos y en las calles con los encierros.

Existe un deseo cada día más intenso de conocer la vida del toro bravo y junto al toro se origina la dedicación personalísima de quienes juegan con él a pie y a caballo con el impulso de embestir de la res con casta: Toreros, picadores, rejoneadores, recortadores, corredores, mozos… todos ellos son continuadores de una tradición mediterránea que se ha depurado hasta devenir en arte y cultura: La lidia.

Es una simpleza auto-representarse como un toro herido, como lo sería hacerlo de conejo o de jabalí y pretender, con tal absurda pantomima,  abolir la práctica de la caza.

En una de las informaciones que he tenido ocasión de ver escuché a un aficionado que se preguntaba, si era necesario haber acudido a la concentración. Decía que lo hacía por afecto, por estar con quienes la convocaban, pero sin poner en duda que los toros están por encima de las triquiñuelas que desde hace tiempo se barajan con afán de arrimar la sardina a las propias ascuas, las peores, que sin duda son las políticas, porque siendo como es legal la actividad y cumpliendo las normas vigentes del Estado, ¿a santo de qué se han podido prohibir los toros en algunos lugares? ¡Tamaña barbaridad!

Aplaudo y me emociona la manifestación y las que puedan venir por la misma causa, pero confío en el Tribunal Constitucional, que es el que deberá pronunciarse sobre los recursos planteados. El derecho está por encima de las concentraciones en favor y en contra.

Espero la sentencia como agüita de abril.


 

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