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20/05/2017

No he visto aún las fotografías que sobre la vida de Manolete se exponen en Las Ventas, muestra de interés histórico-biográfico-taurino, que por lo que me cuentan ha permitido reunir el acervo de imágenes y elementos con significado en la vida del matador que nos ayudan a recordarle, un siglo después desde su nacimiento.

Las estadísticas nos dan noticia de los carteles en los que figuró, las veces que toreó en Madrid, en Sevilla, en Barcelona, en México…, las orejas que cortó… Pero eso son sólo números, datos que nos ayudan a valorar lo que fue capaz de soportar sobre sus hombros en tan corta como intensa vida, desarrollada desde 1.917 a 1.947, 30 años. Mucho, en poco tiempo.

Como aficionado tengo deseos de ver ese “álbum” que estaba disperso y que manos estudiosas y amorosas han compuesto para mostrarlo en la catedral del toreo.

Fotos de quien vino al mundo con sangre torera cuando éste estaba sumido en la Gran Guerra y tendría que conocer más tarde la II Guerra Mundial y la más dolorosa, la nuestra.

Tres cruentos conflictos bélicos que tuvieron que afectarle en sus valores. Todas las guerras dejan huellas indelebles en los contemporáneos.

Manolete triunfó en Europa y en América.

En alguna ocasión he escrito que  cuando el toro Islero, de Miura, mató a Manolete yo era niño con suficiente uso de razón para advertir el impacto que causó aquella triste noticia.

Lo que aconteció, según referían los mayores, fue un imposible; siendo como es tan previsible que un torero pueda morir en cualquier plaza; Pepe-Hillo en la plaza de la Corte, Joselito en la de Talavera, Victor Barrio en la plaza de Teruel… ¡tantos antes y después!, pero Manolete en la de Linares era inimaginable. Eso no estaba escrito ni ante un miura que embiste con dos hoces que siegan la espiga dorada y la amapola.

Pienso que ya en vida se le consideraba un torero inmortal.

Caló en el público el mensaje de arrojo sereno, su lidia de pies de estatua.

A Manolete le exigió mucho su propia sangre. La casta le venía de lejos y él era el último vaso, el cáliz que alzaría a la misma altura que lo elevó Belmonte. Un vaso que no llegó a colmar su padre. Empeño, afán de superación, ese fue el gran e íntimo triunfo de Manolete.

Hablamos, pues, de la genuina vergüenza torera, la de no dejarse ganar por nadie.

A algunos aún les preocupa la verdad de su vida y de su muerte. Tico Medina, periodista veterano, con olfato para sacar a la luz verdades que pudieran permanecer ocultas, en su biografía EL DIA QUE MATARON A MANOLETE. La cara oculta del mayor mito del Toreo (Almuzara) busca la verdad bajo el significado de cinco palabras que comienzan por la consonante “C” y aún echa en falta las dos  “CES” de CÓRDOBA y CIRUGÍA.

Para mí no hay otra verdad que  la que acabo de escribir, la de alzarse hasta la gloria haciendo honor al nombre de sus antepasados toreros.

En fin, que cuando vaya a ver la exposición procuraré no perder el rastro de emoción que palpitó en esos “click” de Manolete.  

 

 

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