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José Luis Rodríguez García - 14/10/2016

Allá por 1954, por mi ciudad, no se veían  por las calles perros lobos. Fue entonces cuando me pusieron entre los brazos un precioso cachorro híbrido, que en poco tiempo se convirtió en un magnífico ejemplar. Tenía una cabeza poderosa, bien conformada por un cráneo duro, cubierto por un pelo sedoso que se prolongaba en morro afilado por encima de la boca donde escondía la dentadura granítica con cuatro caninos aguzados, verdaderos colmillos de lobo.

Me explicaron que aquella bola lanuda y gris descendía de Argos, un perro lobo que se albergaba en el cuartel  de la Guardia Civil, y de una loba. Esto es lo que me contaron y yo no tenía por qué dudar si el relator era mi padre. La historia del origen era tan corta como interesante para un chico como yo al que siempre han gustado los animales y hasta emocionante con el perrito entre mis brazos, que con su aspecto lo confirmaba.

El "lobezno" llegó a nuestra casa porque su madre había sido tan prolífica que decidieron aligerarle la carga de amamantar la camada.

Desde el momento que hundí mis dedos en su tupido y algodonoso pelaje sentí que no lo iba a soltar. Inmediatamente me preocupé de alimentarlo y no pude evitar imaginar que la loba estaría en aquel momento como loca oliendo los efluvios en los vientos para poder alcanzar el aliento de la cría arrancada de sus ubres.

El biberón fue el eficaz remedio para calmar la canina hambre de BARRI, que así le puse de nombre (en honor de "Bari, hijo de Kazán" título de la juvenil y recomendable novela de James Oliver Courwood).

Mi perro Barri –con doble erre sonaba vigoroso- pronto se hizo fuerte, ágil y  observé que se sentía feliz a mi lado.  Su alegría era poder ir donde yo iba; siempre dispuesto a seguirme a todas partes, aunque el sitio que prefería era la zona de la ribera, la emboscada y conocida como El Recorrido, situada aguas arriba del río Segre. Allá, muy por encima de la compuertas donde el río formaba mejanas arboladas, el largo tramo fluvial que evidenciaba que no había sido aún regulado del todo aguas arriba y descendía ancho, rugiente y bravo, ignorando que a unos cientos de metros más abajo los ingenieros de La Canadiense le habían tendido el cepo  de un grueso murallón de hormigón, la presa para poder canalizar y desaguar el sobrante de un curso de agua testimonial apto para las madrillas, salvo en los momentos puntuales de crecidas en que había que aliviarlo y dar suelta al caudal que no tragaba el canal.

A mitad del siglo pasado, por encima de la presa, aún se podía uno imaginar cómo fue  aquel Sícoris (nombre antiguo de Segre) que costó tanto vadearlo a las tropas de Julio Cesar a su paso por Ilerda.

En aquel cauce, a veces desbordado por acopio de las tormentas de verano  bajaban las aguas barrosas,  se me ocurrió un día probar  la bondad de aquel perro terne y adulto.

Recuerdo que en la orilla me desnudé, mientras Barri, atento, me miraba y en bañador le ordené se quedara sentado junto al hatillo de las prendas y lentamente comencé  a caminar por la orilla derecha mientras él, inmóvil, me seguía con los ojos y la cabeza erguida.

El caudal del río era extraordinario. Caminé unos 300 metros entre júnceas, carrizos y eneas.  Barri  seguía sentado con las orejas tiesas, fijo en mi desplazamiento. En un punto en el que me pareció fácil el acceso entré en el río para desde allí aprovechar el empuje de la corriente; penetré andando pero pronto perdí pie y comencé a ser arrastrado por la turbulencia arcillosa que me situó, sin esfuerzo, hacía el centro de la corriente y cuando creí estar a la altura del perro, que seguía sentado sin perderme de vista, simulé que comenzaba a ahogarme  y le grité pidiéndole auxilio (no había nadie más en aquel solitario paraje), tomé aire y me sumergí en aquel caldibache por el que flotaban ramas, cañas, troncos…  Cuando saqué la cabeza, río abajo, Barri estaba a mi lado pataleando con el cuello tenso intentando alcanzar mi cuerpo.

Entonces tuve la idea de asirme con fuerza a su robusta y peluda cola y, con débil ayuda por mi parte, dejé que me transportara hasta la orilla, no sin gran esfuerzo del animal. Fue aquel un momento de euforia del can cuando vio ponerme de pie sobre los cantos rodados y abrir los brazos para darle las gracias por el salvamento. Sus saltos fueron olímpicos, los aullidos llegaron por encima del rugido de las aguas, más allá de la presa…

A Barri, tiempo después, me lo robaron. Durante 6 meses el ladrón lo retuvo y lo explotó de guardián, atado a una caja de camión de transporte de carbón mineral. El perro un día volvió solo. Se presentó en casa famélico, tiznado de carbón hasta los tuétanos. Parecía el perro de Giacometti. Costó recuperarlo.

Barri vivió aún muchos años a mi lado y murió de una insidiosa infección en el oído.

Ahora lo recuerdo con sentimiento. Creo que siempre lo traté como perro. No le faltó comida, agua y un rincón con una arpillera limpia sobre la que poder descansar. Nunca se me ocurrió dotarle de arreos lujosos y menos aún de ropajes y garambainas. Si nevaba le gustaba tumbarse sobre la nieve, era cuando más lobo parecía. Fue un perro que amó su vida de perro.

Mi aspiración fue la de tratarle con la naturalidad con que lo hacen los pastores a los perros de carea, pues creo que no hay perros más felices que los que hacen verdadera vida de perro.

Cuento todo esto porque se observa una corriente en torno a los animales que guarda poca relación con lo que son y con lo que cabe esperar de ellos. A mí nunca se me ocurrió dar un beso en el hocico a Barri, ni meterlo en mi cama, ni hablarle como si fuera una persona, actitudes que observo cada vez son más frecuentes. Por descontado yo no soy quién para decir a las personas que lo hacen que lo dejen de hacer.

Pero sí me atreveré a escribir que al socaire de la corriente animalista se detecta una deriva preocupante, y es la de pretender igualar los animales a los humanos, sean cuadrúpedos, reptiles, aves…

Nótese que ya hay individuos que manifiestan en las redes sociales que prefieren la muerte de los toreros a la del toro y aún más horroroso,  la muerte de un niño, ADRIÁN, porque tiene la ilusión de ser torero.

En Salamanca hay una calle con una bella y milagrosa  historia; mi abuela me la contaba de chico. La vía se llama "TENTENECIO" porque en aquel lugar de tan docta ciudad, San Juan de Sahagún se dirigió a un toro abanto  y  le detuvo evitando gran mal enla población. Quienes estén interesados pueden averiguarlo, pues Salamanca es ideal para aprender lo que no se sabe.

En fin, amigos lectores, hoy el Santo debería frenar las pezuñas no del toro, sino de los impresentables que confunden la velocidad con el tocino…

​Mi abrazo a ADRIÁN, para quien deseo que dentro de unos años me pueda brindar un toro en la Monumental de Barcelona.

 

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