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17/07/2017

No son mis amigas pero casi podrían serlo, las cucarachas negras, grandes y relativamente rápidas sobre sus múltiples, espinosas y frágiles patas que se detienen al sentir mis pasos, cuando cada noche voy tirar la basura a los contenedores municipales y, al aproximar mi zapato a su acharolado cuerpo, huyen a la carrera entre cómica y desesperada, hasta alcanzar las rendijas oscuras de la tapa de la cloaca más próxima.

Hace un par de veranos las observé numerosas por primera vez en mi calle.

Las noches de mucho calor, sobre las 24 horas, en el silencio que impone la fatiga del día, es cuando las cucarachas la gozan paseando por la acera, en la que no faltan sustanciosos restos repisados de putrefactas cacas de perro (de incívicos dueños que no las recogen), alguna rodaja de chorizo descompuesta caída de un bocata y hasta alguna colilla de canuto de marihuana que las “coloca” y nos evoca aquella vieja canción: “La cucaracha, la cucaracha, ya no puede caminar porque le falta, porque no tiene, las dos patitas de atrás…”

Ahí están, noctívagas, de etiqueta, efectuando su trabajo y siempre una chispa desconfiadas.

Las observo moviéndose en su jurisdicción urbana que alcanza, supongo, hasta donde llega el denso, cálido y nauseabundo vaho de la alcantarilla, que se mezcla en superficie con el resto del recalentado ambiente de una jornada que alcanzó casi los 40 grados a la sombra. En estas calurosas condiciones las cucarachas se atreven a llegar hasta otras cloacas, las situadas más arriba o más abajo de donde salieron. Y así, de sumidero en sumidero, con sus cómicas patitas pueden recorrer la ciudad y establecer, entre ellas, interesantes contactos que no logro interpretar.

Este es el tercer estío en que intento averiguar algo de su vida y, de momento, tras no haber aplastado a ninguna con la suela del zapato, sólo he conseguido que al ruido de mis pisadas se queden  inmóviles en el ángulo del bordillo que se firma con la calzada, allí donde siempre hay trozos de papel, palitos de  polo y alguna hoja seca que les sirve a las cucarachas de burladero

Ustedes es posible que se tomen a broma lo que les cuento, pero en ese momento de la la media noche ver a mis amigas, las cucarachas, cuando voy cargado con las tres bolsas de basura: la amarilla para los envases de plástico. la azul para el papel y la blanca para los residuos orgánicos, me producen una sensación de cierta solidaridad pues también ellas contribuyen, a su manera, a eliminar la suciedad.

Esa empatía con mis noctámbulas amigas me sugirió un día abrir la bolsa de basura orgánica y dejar que se refocilaran con su rico contenido. Mi esposa había hecho limpieza del frigorífico y no exagero pero la bolsa blanca pesaba como un buey, imagino llena de productos caducados, que para eso también sirven los frigoríficos.

Miré hacia todos los lados, como el delincuente antes de decidirse a meter la ganzua en cerradura ajena, y cuando ya me disponía a deshacer el lazo de la bolsa blanca para verter el banquete, apareció el vecino del quinto, también cargado con las bolsas basura.

El encuentro me salvo de mi instinto animalista (no incompatible con mi afición a los toros) y nos pusimos a hablar de como de un tiempo a esta parte proliferan las cucarachas y el Ayuntamiento no hacía nada para eliminarlas.

Ya de vuelta a casa le expliqué a mi esposa que cada día hay más cucarachas en la calle y le confesé que me distraían en el trayecto del cotidiano y cansino trabajo de bajar la basura. Seguro que no se lo creyó.

En el fondo las cucarachas son como los gorriones pero durante la noche, les gusta estar junto al hombre yendo a lo suyo, mientras  los humanos vamos a lo nuestro.

Post scríptum: Al día  siguiente de escribir este apunte, sin haberse publicado, el Ayuntamiento de Lleida causó una mortandad de cucarachas en el barrio de Cap Pont, situado en la margen izquierda del río Segre. Mis cucarachas viven en el otro margen y no se vieron afectadas por aquella acción de desinsectización y exterminio zonal, pero barrunto que por algún sistema que desconocemos debió correr la noticia del ataque por los albañales públicos y a la noche siguiente no vi ni una en mi calle haciendo cierta la frase: “Se escondencomo las cucarachas”.

 

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