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José Luis Rodríguez García - 13/05/2016

Leí hace unos días que Manuel Vincent, con motivo de la Feria de San Isidro, tenía por costumbre dar la barrila con el manido asunto taurino y decidí permanecer atento, a la espera de la última página dominical de El País, imaginando que quizá podría sorprenderme con alguna aportación novedosa sobre tan reiterado debate.

Tiempo a tras le leía con gusto sus artículos llenos de luz mediterránea, descriptivos de la huerta, del mar… (me evocaban Sorollas pintados con palabras); otros eran interesantes sobre los más diversos temas y algunos ocurrentes y chispeantes. Me dispuse, pues, como aficionado taurino, a verificar personalmente lo que habría de cierto en el calendado y "temido" ataque contra la tauromaquia, arte que cuenta con muchos y entendidos seguidores en la tierra de las naranjas.

Y llegó a Madrid la esperada Feria de San Isidro y el mencionado escritor levantino, el día 8 de mayo de 2016, publicó la columna anual destinada  a desmerecer la fiesta brava y, hogaño, con la inclusión, a modo de pim pam pum, de Hemingway, "publicista" de los veranos sangrientos desde 1936 hasta 1959, en el que celebrando en Pamplona San Fermín, y estando bebido, según refiere en el artículo, se empeñó en que una mula del arrastre, enjaezada y de camino hacia la plaza de toros, tragara el contenido de una botella de Coca-Cola que el archifamoso norteamericano le puso entre los belfos. Hecho que de ser cierto (no tengo pruebas en contra) fue una estúpida ocurrencia, pues es sabido que este animal de carga prefiere la alfalfa, pero lo insólito de la estampa le vino bien a Vincent para desacreditar lo que iba a tener que hacer la mula poco después: arrastrar a un toro para llevarlo al desolladero.

Supongo que como lo contado hasta aquí por Vincent eran pocos mimbres para acabar de tejer el artículo, ya metido en harina, se despachó atribuyendo al autor de El viejo y el mar, la condición de fanfarrón, degustador de violencias y  anunciar la decadencia de las plazas de toros como imparable.

Llegado a este punto de la lectura me pareció que la ojeriza le cegaba sus ojos pues  veía las plazas mugrientas, empapadas de sangre, muerte, señoritismo, caspa... (se olvidó -menos mal-, del sol y las moscas).

 En fin, tras el trasteo literario se perfiló y entró a matar. Juzguen la estocada a la Fiesta de los toros en todo lo alto:

"Ya queda poco para que desaparezca del mapa esta fiesta y las mulillas de arrastre se la lleven al desolladero de la historia con Hemingway a la cabeza"

En resumen, mero apuntalamiento de los animalistas que gritan en las puertas de las plazas formando coro. Permanezcamos atentos al fenómeno que se está cuajando. El otro día un aficionado famoso al acceder a la plaza de Jerez les lanzó un beso.  

 

 

 

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