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José Luis Rodríguez García - 17/01/2016

Este año, con motivo del IV Centenario de la muerte de Cervantes se escribirá y se hablará merecidamente bien de nuestro más insigne autor y de su magistral novela DON QUIJOTE DE LA MANCHA.

Sabemos que la existencia de este genio fue azarosa; mas la Providencia le concedió inteligencia y tiempo para amueblar su cabeza de profundos saberes humanísticos; no siendo para él poco honor el haber luchado en la batalla de Lepanto, hecho en el que fue elogiado por don Juan de Austria; años más tarde al caer la galera "Sol" en manos  de los corsarios terminó sufriendo largo cautiverio sarraceno, del que tras no pocas vicisitudes fue finalmente rescatado y ya, vuelto a España, dio tumbos de dispar fortuna y entró en prisión por unas cuentas que, siendo recaudador de impuestos, no cuadraron. Andrés Trapiello en su novela en marcha, “Salón de Pasos Perdidos” 19. SERE DUDA, evoca a Miguel de Cervantes en Madrid con esta palabras: "Aquel que pasó la vida a la intemperie, en la estrecha franja que corre entre la nobleza y la pobrería".

 Y Cervantes, privado de libertad, estando en la cárcel, "donde toda incomodidad tiene su asiento", tuvo la luminosa idea (¿milagrosa sería mejor?) de comenzar a escribir Don Quijote de la Mancha.

¿No es acaso el Caballero de la Triste Figura el más placentero sueño entreverado de libertad y delirio o de cordura y locura?

Cervantes trazó los personajes de su novela en la penumbra de una celda. ¿Cuántas veces levantaría su cabeza del papel para mirar más allá de las rejas el azul del cielo?

Allí, entre  cuatro muros sillares, retrató al caballero español más  idealista, el que desprecia a los cobardes (él mismo gritó en Lepanto: "Antes la muerte, que una salud comprada con cobardía") y se enfrenta, con razón o sin ella, a los enemigos con los que topa, los que busca o imagina, y al contrapuesto español pancista que le sirve y camina a su vera, y no olvida que la realidad es pan con tocino.

Hace años leí en algún libro, que ahora no recuerdo, que a don Miguel de Cervantes Saavedra le gustaban los toros.

La afición a los toros bravos en la época de Cervantes se limitaba a su crianza en el campo, conducción y trasiego del ganado bravo  por cañadas  que cruzaban poblaciones, causando a su paso alboroto en el vecindario; el lanceado a caballo y el juego de correrlos por las calles en fiestas y celebraciones.

Cervantes nos deja un testimonio taurino en el accidentado episodio en el que atribuye a Don Quijote las cualidades de un valeroso torero cuando, acompañado de Sancho (devenido   diríamos en mozo de espadas), desde la montura de su desmedrado Rocinante columbró a una manada de toros y…

"(….) a poco se descubriese por el camino muchedumbre de hombres de a caballo, y muchos dellos con lanzas en las manos, caminando todos apiñados, de tropel y a gran priesa. No los hubieron bien visto los que con don Quijote estaban, cuando, volviendo las espaldas, se apartaron bien lejos del camino, porque conocieron que si esperaban les podía suceder algún peligro; sólo don Quijote, con intrépido corazón, se estuvo quedo, y Sancho Panza se escudó con las ancas de Rocinante.

"Llegó el tropel de los lanceros, y uno dellos, que venía más delante, a grandes voces comenzó a decir a don Quijote:

–¡Apártate, hombre del diablo, del camino, que te harán pedazos estos toros!

–¡Ea, canalla –respondió don Quijote–, para mí no hay toros que valgan, aunque sean de los más bravos que cría Jarama en sus riberas! Confesad, malandrines, así a carga cerrada, que es verdad lo que yo aquí he publicado; si no, conmigo sois en batalla.

(…)"

Nótese como el autor, para resaltar la gallardía de Don Quijote, lo describe como de "intrépido corazón" y  "se estuvo quedo" -*quieto, primera acepción- .

Ambas son cualidades propias de los toreros que serenamente esperan y aguantan las embestidas, aunque en este caso a Don Quijote le falló la técnica del quiebro, y la tropa de reses bravas le pasó por encima de él, de su caballo, de Sancho y del rucio.

Poco pudo hacer en aquel trance Sancho Panza al ver los toros invadiendo la jurisdicción de su amo, que ponerse  lívido y resguardarse tras las ancas del flaco Rocinante, talanquera a todas luces insuficiente para una saca de *jarameños -según el Cosío este adjetivo se usa en sentido onomástico de toro bravo y ligero- que venían arreados por los vaqueros.

Luego, debe ser verdad que Cervantes debió ser aficionado a los toros, los conocía por su casta y por ello quiso figurara en la  historia la escena taurómaca humorística al alimón a cargo del maestro y su mozo.

 

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