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Antonio José Candel - 06/10/2015

Muchos pueden pensar que tildar de rotunda emoción, de congojada sensación, lo vivido durante una tarde de toros es poco más que una majadería. Un algo que no tiene cabida en una plaza de toros. Por supuesto, estos individuos no han gozado de la gracia atronadora de los “¡Olés!” en Madrid. O incluso de los “¡huy!”

Las telas y el toro en un contacto inesperado pero mágico, prodigioso, milagroso. La vida y la muerte acometen y se encuentran en una de esas tardes donde un torero se juega lo más preciado para convertir en estética armonía la explosión brava y desbocada del toro.

Así –en medio de intensas emociones— más de veinte mil personas fueron testigos ayer de cómo la emoción de la tauromaquia encandiló el cierre de la Feria de Otoño en Las Ventas. Una catarata de pureza y emoción que arrastró cualquier duda de que la Murcia taurina atraviesa uno de sus mejores momentos. Una lástima que la inmerecida acaricia halagadora sea incesante hacia los empresarios que albergan y hacen propia la potestad de regalarle a la ciudad del Segura una de estas tardes gloriosas. El entontecimiento hipnótico que nos convierte en zombis parece no tener fin. La reacción (por qué no) debe de nacer ya del asociacionismo y que su labor deje de ser un puro aspaviento inane que no contribuye a cambiar el estado de iniquidad en que chapoteamos.

Ahí está la tarde de ayer. Para quien quiera sacar conclusiones útiles.

Y es que Paco Ureñadestapó su alma rota en la plaza de toros donde el honor de enfundarse el traje de luces, donde el sacrificio y el deber del torero suele situarse sobre la delgada línea que cohabita entre el triunfo y la tragedia. Paco volvía a Madrid al servicio del toreo puro y clásico. También para ser ejemplo de cordura, sacrificio y entrega desmedida a una pasión. Seguro que los aspirantes de las escuelas taurinas de la capital que reivindicaban por la mañana simplemente “libertad” ante el despotismo “Carmoniano” tomaron buena nota de estos valores ligados fuertemente a la Tauromaquia. “Yo hoy me puedo morir a gusto. He toreado y estoy muy feliz”. Fueron las palabras de Paco a los micrófonos de Canal+ Toros al concluir su faena al sexto.

Las lágrimas de Rafael Rubio “Rafaelillo”durante aquella tarde apoteósica del final de la feria de San Isidro volvieron a brillar en la memoria de la monumental. Y es que se presentó, una vez más, como es el torero del Barrio del Carmen. Mereció, sin duda,el bálsamo que solo concede la perfecta labor remachada con la espada.

Roosevelt afirmó en algún momento: “El genio es la paciencia. Ten fijo en la memoria que nadie sin afán y sin ardua fatiga supo arrancar las palmas de la gloria”. Rafael y Paco persistieron y han saboreado esa gloria. En Madrid. En la cima. Por su afán y su ardua fatiga…

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