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"Los que vamos a los toros nos preguntamos a veces por esa pegajosa sombra que puede seguir a algunos toreros (quizá a muchos)  y  que llamamos miedo"
José Luis Rodríguez García - 06/04/2018

Los que vamos a los toros nos preguntamos a veces por esa pegajosa sombra que puede seguir a algunos toreros (quizá a muchos)  y  que llamamos miedo.

El miedo es un sentimiento humano del que se procura no hablar en el entorno inmediato de los diestros, seguramente porque se intuye que es un dios que todo lo puede y desbarata, incluso antes de que salga el toro por el portón de los sustos (acertada manera de indicar) porque  puede incluso cornear a distancia la psique del matador.

Desde el día en el que se escritura (como  decían antiguamente los revisteros taurinos) la compra de una corrida, los animales bravos quedan fijados en la mente del torero y, en algún momento de la espera hasta el día la lidia seguro le turbarán el ánimo.

El manejo que se les dé a los toros desde aquel momento, aunque el torero no lo exprese, le preocupa porque él tiene ya ha establecido con ellos un vínculo de muerte o triunfo.

Trasladada la saca, jornadas después, hasta los corrales de la plaza, y una vez sean aprobadas las reses por los veterinarios, llegará el sorteo y la consecuente   noticia al matador  de los dos toros que le han correspondido.

Y es que la espera de los toros hasta el redondel, la experimenta  el diestro como una concatenación inexorable de horas y de actos que terminan precipitándose  en el  enchiqueramiento individual, desde donde horas más tarde saldrán a la plaza para ser lidiados por los toreros en el orden preestablecido en el cartel.

Juan Belmonte llegó a hablar con el miedo y le contó a su biógrafo, Chaves  Nogales, que en plena corrida en la plaza de Madrid, tuvo  el convencimiento de que si no lograba introducir un vello de su pierna por entre la fina malla de la media de seda fracasaría en su toro. Un mal augurio cruzó por su mente cuando es vital sentirse seguro, al margen de imaginaciones, supersticiones, miedos.

Dicen que el miedo hace crecer la barba y es grave quebranto para alcanzar el sosiego que se precisa para torear.

El torero asume el gravamen de ser públicamente valiente y es consciente de tal responsabilidad. Sabe que entre el oro de su vestido y la piel del toro ha de brillar  la luz de acero de la espada con la que tiene hacer la cruz y en la cruz  hundir el estoque para salir en hombros. Lo demás es sombra, es miedo.

 -¿Y cómo se vence el miedo, maestro?

-Bebiendo un buchito de agua de un cántaro y tocando madera.

El hombre, al haber querido enfrentarse al toro sin armadura, con terno adornado de alamares y luces, se obligó ante el respetable a  burlar al toro y a tragarse  incluso el pánico. Ya ven, con un buchito de agua…

 

 

 

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