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José Luis Rodríguez García - 24/06/2016

Los seis toros lidiados en Istres (Francia) por Enrique Ponce, con el resultado de 6 orejas, un rabo y un indulto no fue moco de pavo.

Estamos, como sabemos, ante un torero veterano que conoce las reses y sabe torearlas según su condición de casta y bravura.

En las plazas se considera a Ponce por su alto nivel de figura que deja huella para la historia de la tauromaquia. Le consta, se le exige y no escatima vocación (esencia para llegar a ser en cada tarde mejor torero), ni carece de voluntad (vergüenza torera). Para él mi admiración.

Pero lo que hoy les quiero comentar es ese aspecto jaleado y novedoso de haber toreado 3 de los 6 toros anunciados vistiendo el coletudo de  smoking y con fondo musical sinfónico, hecho que algunos han calificado de espectáculo "maravilloso".

No dudo que de haberme hallado en la plaza gala, siendo tan bello como explican, a mí también me hubiera agradado la puesta en escena de la corrida en solitario, envite en el que casi todo converge en el diestro que asume la tarea de jugar con variedad de repertorio y además tener que matar una saca de 3 de Juan Pedro y otra de 3 de Núñez del Cuvillo.

Se trata del síntoma de que corren tiempos con ganas de ofrecer originales alicientes, de incorporar otros modos en la plaza, de mixtificar lo existente y depurado por siglos, de modernizar y dinamizar (no de restaurar y adecuar, que de eso si que estamos necesitados) el círculo en el que se desarrolla la corrida.

Estamos frente una inquietud que algunos fundamentan  partiendo de la idea de que la Fiesta es antigua, que faltan alicientes… para la juventud y con estos argumentos y similares pronto habrá quien proponga desde contrabarrera la participación de un discjockey para arropar con sonido y ritmo la faenas. Sugerencias de este tipo y más osadas y hasta descabelladas no faltaran.

Estimo que en la medida que se inserten en la función táurica  alicientes atractivos la atención en la lidia se dispersará y mermará  la relevancia de los lances y la actitud del hombre ante el toro.

No estamos ante un espectáculo al uso. El nuestro es un acontecimiento con rito propio, con silencios, espantos, de música callada.

Por favor, no toquen el rito que se rompe la Fiesta.

El circo con los  payasos, las fieras, los domadores, los trapecistas, la manada de caballos grandes y poneys, el paraguas gigante de su carpa, los carromatos… todo esto se fue yendo poco a poco a medida que se modernizaba  y… ¿alguien sabe dónde ríen y lloran ahora los clowns?

¿No eran acaso eternos los hermanos Tonetti? Sin círculo de pista y carpa no hay payasos.

Hay que repetir para quienes no lo sepan, que los toros encierran una concepción del mundo. Sí,  una manera real y a la par simbólica de afrontar la vida en la que el hombre arriesga para salir vencedor, valiéndose de su inteligencia frente a la ciega bravura de la res a la que debe dominar con un pequeño lienzo de tela.

Más que agregarle elementos a la corrida hay que descubrir lo que subyace en el arte del toreo.

Creo que fue Rafael de Paula quien en un coloquio dijo:

-Soy un torero de arte.

Vamos, que Paula no era un actor de cine, ni del teatro ni del music hall. Que él no se aprendía de memoria ni representaba papeles escritos por guionistas, que lo suyo era lo que es: Torero personalísimo, obra esculpida con capa y muleta.

Y dijo aún más:

- Que quería llegar al alma de los aficionados

Soplan vientos sobre la tauromaquia desde la política, desde corrientes filosóficas, desde los llamados animalistas…

Los taurinos sabemos que el viento es enemigo de los toreros, y que las papeletas del 26 de Junio tienen algo de papelillos para averiguar de dónde arrecia el más intenso…

En fin, amigos lectores, nosotros no somos herederos de un simple espectáculo y sabemos que  España ha progresado al margen de los toros y del color de los gobiernos. Mejor que no nos los toquen, que respeten simplemente la libertad de ir o no ir a la plaza.

La lidia es un suceso viejísimo ceñido al toro, a nuestra lengua, al paisaje que conforman miles de hectáreas de la orografía de la península y, caprichosamente, se perfila como cuero de uro al sol. La lidia, en corto y por derecho es hermosa por hacer que nazca el afán de vencimiento y de hombría.

Al igual que a los ingleses les gusta beber el vino viejo en odres nuevos, a mi me agradaría que se pintaran las plazas que están sucias, que se restauraran las erosionadas, que se pusieran en ellas asientos cómodos y que los toreros y espectadores no se mojaran en los días de lluvia, vamos, que el odre ibérico no estuviera desportillado, pero que no me cambien el engaño sin trampa, que de eso se trata.

 

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