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José Luis Rodríguez - 09/07/2017

Con motivo de la celebración del centenario del nacimiento de Manolete y de los actos que se están llevando a término, he venido en pensar un poco sobre la gloria de los toreros, ese laurel que casi todos los que se visten luces riegan con el manantial rojo de su valor y, algunos, después de siglos, consiguen mantener de un verde perenne, aureolando su nombre en la Historia del Toreo.

Han sido muchos los toreros de oro, de plata y a caballo que han superado el olvido. Honor para ellos y para los que honestamente lo intentaron y no lo pudieron lograr. Vítores merecidos porque sabemos lo que cuesta estar frente al toro.

Manolete,el IV Califa de Córdoba, al igual que Joselito,Belmonte y otros que hicieron de la plaza el palenque de sus  triunfos, siguen hoy vivos en el recuerdo de los aficionados y forman parte de la iconografía popular por haber logrado ser hombres de leyenda taurina.

Desde Pepe-Hillo, incluso más hacia atrás en el tiempo, las mujeres y hombres que aman la fiesta brava son fieles a la evocación de aquellos añejos lidiadores que aportaron verdad, es decir: técnica, emoción y arte al toreo.

En el planeta de los toros -como antes se decía- se admira especialmente a los creadores, a los hombres de luces que marcan época.

A Belmonte le resultó muy arduo por tener que torear con un oponente comoJoselito,que era ya indiscutibletriunfador antes de morir en Talavera de la Reina.  Fue Gallitocompetidor y máximo conocedor de las reses de casta; sabía tanto de toros como Ramón y Cajal de neuronas. El propio Pasmo de Triana era más consciente que nadie de que Joselito era el coletudo más amado por los dioses, a él la gloria le seguía como la estela a la estrella.

Y en esa vital ynoble pelea por la gloria estaban ambos cuando dicen que aBelmontele llegó la dolorosa y triste noticia de la cogida mortal de Joselito, y reconoció que la gloria es la que se pelea en el ruedo con toreros de grandeza, y ya no se podría seguir dilucidando entre ambos.

Fue una pena perder a quien sabía tanto de toros y motivaba a Belmonte a ser más extraordinario  en el giro que tomaba el arte de la lidia.

Sin embargo, con la perspectiva que nos da la Historia, ahora vislumbramos a estos dos toreros sobre el arco de la Puerta Grande de la Tauromaquia para admiración de los siglos venideros.

Belmonte fue un gran innovador. Demostró que al toro se le puede dominar con los brazos, moviendo las telas. Brazos de ala de mariposa y pies de estatua de sal.

Fue su novedad.

La manera de estar y hacer al toro  prendió con fuerza en la afición. Fue la aportación de Belmonte en la pugna con Joselito, la que ascendió a los dos maestros a la gloria.

Manolete, y otros antes que éste, prosiguieron y depuraron la manera de torear que requería temple y nervios de acero. Pero fue Manuel, quien con el sobrenombre de su padre (también torero que dicen no pudo estar a la altura de Belmonte), el de “Manolete” quien se alzó con estilo serio, estoico, hasta la codiciada gloria de los eximiosdel torero.

Se irán sucediendo las generaciones de aficionados que no habrán visto torear a estas máximas figuras, pero gustarán de leer libros que hablen de ellos, mirar imágenes, pinturas, dibujos… huellas, en fin, de lo que fue su presencia en el ruedo y fuera de la plaza, porque se es torero dentro y fuera del coso.

El centenario del nacimiento de Manolete nos ha demostrado lo que ya sabíamos: que es un torero inmortal en el imaginario español.

 

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