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José Luis Rodríguez García - 14/09/2016

En el año 1957 tenía 17 años y vivía en Lérida. Por aquel entonces mi padre estaba en  Madrid haciendo el curso de ascenso y recuerdo que por correo ordinario me mandaba con faja, cosida con grapa, el dominical del diario ABC con aquellas páginas tan bien  ilustradas.

Por un lado yo recibía el diario y por otro solía llegar una carta dirigida a nuestra madre en la que le contaba la vida de estudio que llevaba  y del poco tiempo de asueto que disponía, unas horas los fines de semana. Los domingos por la tarde, si no había lecciones que repasar, asistía con dos o tres amigos del curso a  los toros.

A mi padre le gustaban los toros y entendía, había nacido en el campo charro y, a veces, en las cartas  refería algún aspecto de la corrida que había visto, con pormenores descriptivos  que evidenciaban sus dotes de observador.

Con interés escuchaba en la voz de mi madre aquellas misivas paternas, que excitaban  mi imaginación y me transportaban a Las Ventas, plaza que para los toreros que entran por primera vez es un albur: La que todo lo da y todo lo quita. Algo así como una ruleta pero con toro.

Algún lector se preguntará a qué viene esta evocación familiar. Pues viene por lo siguiente:

Primero,  porque la afición a los toros suele entrar en la vida gracias a los mayores, que son los que nos descubren que el toreo es espejo de emoción, admiración y valor para andar por el mundo, por este mundo tan virtual y de colorines en el que son frecuentes los episodios de riesgo y donde también hay "toros", como el de abrirse camino, que hay que saber lidiar.

Segundo, porque asistí a Las Corridas Generales de Bilbao y aproveché para visitar  la Casa del Libro, donde en el anaquel dedicado a la tauromaquia encontré LAS TAURINAS DE ABC, con prólogo de Zabala de la Serna e ilustraciones de  Bonifacio -Ediciones Luca de Tena S.L.2003-; y ahora en el hogar, gozando de su amena  lectura, he recordado aquellos lejanos envíos del dominical del ABC.

Este libro se halla compuesto por un conjunto de artículos de temática taurina en el que no faltan las firmas de las que entonces yo tuve primera noticia y los nombres de los toreros que abrían la Puerta Grande con astados de las ganaderías más afamadas.

Y tercero, porque leyéndolo sigo aprendiendo de aquellas plumas: Agustín de Foxá, José María Pemán, Antonio Díaz Cañabate, Gregorio Corrochano, José María de Cossío...etc.

He "devorado" ya un buen número de páginas. No le doy tregua y al tiempo pienso sería recomendable su lectura pausada; cada comentario tiene su propia belleza y, en conjunto, componen una faena intelectual, ligada y completa.

Para mostrar lo que escribo me voy a permitir traer a colación  la observación que hace Néstor Luján al recoger, en tan sólo 4 páginas, las que dedica a la  época de Manolete  y Arruza, circunscrita a Barcelona, bajo el dominio empresarial de don Pedro Balañá.

Néstor Luján, al margen de la pugna desatada en la plaza entre estos dos colosales diestros (no obstante amigos), en su entrega a ABC de 21 de abril de 1957, plasmó la vida taurina en la ciudad Condal en términos de diagnóstico: "A partir de entonces - desde Manolete y Arruza- el toreo ha empezado a hacerse en serie (...) el público va a la plaza sin aquella ilusión, sin aquella esperanza, sin aquella profunda alegría que durante aquellos años tuvimos. El arte de torear estaba vivo, palpitante"

El erudito escritor detecta el primer síntoma del mal que iba a ir carcomiendo el sólido entramado de una afición tan entendida como la catalana.

Después, algunos políticos  e intereses económicos se coadyuvaron en la tarea de manipular aquel alejamiento de la afición de los tendidos y, debilitada ya la fiesta, por dar satisfacción barata a  la demanda turística, fue fácil pegarle la etiqueta franquista... y así fue creándose la opinión contra los toros y gestándose, con el auxilio de los emergentes animalistas, la Llei del Parlament para desalojar  la tauromaquia de La Monumental.

La Monumental es ahora una plaza llena de fantasmas, de voces a lo Pedro Páramo, en la que es posible que  Manolete y Arruza hagan allí la luna mientras Barcelona duerme.

Concluyo. Las Taurinas de ABC son historia del toreo, un arte vivo que deja su impronta en la literatura y que en Cataluña sigue asfixiado y pende  desde hace muchos años, del Tribunal Constitucional. ¡Qué cosas!

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