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"Un día te preguntas por aquellos amigos de la infancia que tuviste y que se fueron difuminando en la tenue, al principio, y finalmente densa niebla de los años"
José Luis Rodríguez - 30/08/2017

Un día te preguntas por aquellos amigos de la infancia que tuviste y que se fueron difuminando en la tenue, al principio, y finalmente densa niebla de los años.

Es esta una pérdida afectiva, sutil, acompasada a nuestro cambio de circunstancias que podemos situar en el comienzo de estudios superiores, el ingreso en el mundo laboral, los traslados de nuestros padres, los primeros noviazgos…, hechos que incidían en el estatus amical surgido durante la infancia y adolescencia.

A veces me vienen a la memoria los nombres de aquellos  “amigos de la calle” (de las de luz mortecina de posguerra, nuestro mundo original) con los que compartí los juegos, momentos imborrables, y a los que quise con la entrega infinita de la preadolescencia en el pórtico de los grandes descubrimientos de la vida, cuando ellos y yo comenzábamos a intuir verdades afiladas, que el tiempo iría mellando.

En mi alforja de recuerdos, entre otros muchos, figuran sus nombres, sus apellidos: González; los hermanos Serapio; Nasi y… otros de los que tampoco tengo noticia de su paradero y de los que fui perdiendo contacto, su pista, hasta la falta de certeza de su propia existencia. Este desconocimiento tiene algo de pompa de jabón que de repente puede estallar y dejar de ser un luto irreal temido, porque el tiempo va segando.

El no saber de alguien puede esconder piadosamente la peor de las causas, y reflexionas que tú también debes ocasionar el mismo temor. Se trata de una sombra que creo sólo proyectamos los que hemos vivido decenas de Nochebuenas y bebido vinos de muchas cosechas y que aprendimos por el camino: De los vinos los viejos y de los amigos los primeros.

Pero no siempre se consigue esa bodega de aromas de lo joven en lo añejo y de los sueños templados en añejas lealtades.

A ese frustrado y forjado afecto me refiero, a ese no saber si volveré algún día  a hablar con aquel González y juntos podremos recordar, por ejemplo,  nuestra exploración de los márgenes boscosos del río Segre, latiendo en nuestro ánimo confundidos el valor y el miedo cuando cansados de caminar, de pisar charcas con alpargatas de suela de esparto y sufrir pinchazos de zarzales, salimos de una tupida arboleda de ribera, nos sentamos en la orilla, sobre cantos rodados, bruñidos por el sol de las vacaciones, ante la llamada“Casa Blanca” y, en lugar de ver en la lámina del agua algún salto de barbo o carpa, lo que emergió, de súbito, de la hondonada fue una nutria que nos miró y se sumergió.

Aquella larga y penosa exploración nos había permitido ver a un animal para nosotros desconocido y que no podríamos comunicar a nuestros padres, pues lejos estaban de imaginar que habíamos recorrido los meandros del río en un trecho tan largo, hasta más allá de la ermita de Butsenit, que guarda la pedreta(una piedrecita que colocada encima del ojo enfermo lo sana)

Yo comencé a trabajar poco después de aquella aventura y González también. Empezaron entonces los escarceos con las chicas, cada uno por su lado y poco a poco fuimos dejándonos de ver.

Esta página y otras estoy seguro son imborrables en la memoria de cada uno y, de vez en cuando, una mano misteriosa levanta la aldaba sobre el tas de la puerta que guarda los recuerdos y los despierta al dejarla caer:

¿Qué se habrá hecho de González? ¡Cuánto me agradaría darle un abrazo! Volver a sentarme con él en la orilla del río y lanzar piedras a sobaquillo, enterarme si tiene algún nieto/a ya casados…, los dos empezamos muy pronto a tontear… se casaría, claro, tendría hijos… la vida.

A medida que los años vienen y se quedan en forma de arrugas y canas lamento que aquellos amigos, los primeros, no sean como las golondrinas, que vuelan lejos, muy lejos, pero vuelven siempre en primavera.

Ahora caigo, yo vivo en invierno.

 

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