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José Luis Rodríguez García - 07/02/2016

Pilar Rahola, en su columna de la Vanguardia de 30/10/15 (lo que me interesa lo recorto), se despachó contra los toros comenzando así la soflama:

“También sobre los toros hay dos Españas machadianas. La cerril y retrógrada, que camina de espaldas a la civilización, jalea la tortura, quiere que la maldad de las corridas sea un bien en la humanidad y le pone boina a la modernidad (menos mal que no escribió montera).

La columna es barroca, cansina, y no es cosa de transcribirla, pero me va como anillo al dedo para recordar que los aficionados debiéramos tener buena memoria del acervo cultural que contiene La Fiesta y salir prontos al paso de las visiones de los antitaurinos que distorsionan los conceptos de tortura, maldad, atraso, etc., para atribuirlos al toreo.

Francis Wolff, respecto el mantra de la tortura a la lidia, lo ha explicado: Se torean los toros por desafío, diversión, pasión y para comérselos”. Luego está claro que no es para torturarlos.

Y el filósofo Fernando Savater nos ha advertido que cada vez hay más gente que habla en España a tontas y a locas.

Quien escribe es tolerante con las opiniones contrarias a los toros pero no las comparte, especialmente cuando de las mismas se infiere que con mi afición impulso la incivilidad, la tortura y abogo para que el mal se venda como pan bendito. Y ya puestos, en lugar de ponerle boina a la modernidad, mejor una montera, que desde que Paquiro la usara no hemos dejado de progresar.

Y no estoy solo. Veamos:

Todavía podemos oír los ecos del póstumo reconocimiento que el mundo literario tributó a Gabo, que se pasea ya por el Parnaso con la rosa blanca de su obra.

Gabriel García Márquez fue asistente a las corridas en la Monumental de Barcelona, allá cuando el realismo mágico se iba entreverando de vivencias mediterráneas para culminar en tsunami editorial.

En 1996, en las Ventas, el maestro José Miguel Arroyo “Joselito” le brindó la muerte de un burel al que le cortó las dos orejas.

Y hay abundantes pruebas de que asistía a los cosos americanos en los que era distinguido con brindis por toreros amigos.

No hace mucho la afición evocaba en Madrid el conocimiento y  estima que Camilo José Cela tenía por los toros.

Cela, como Goya, se atrevió incluso a dar capotazos algún que otro  morucho.

Y Hemingway fue el “cronista” del periplo en aquel “Verano Sangriento” entre Ordoñez y Dominguín y logró entusiasmar a miles de norteamericanos.

El autor de El viejo y el mar ha devenido en embajador universal de los encierros de Pamplona.

Mario Vargas Llosa, premio Paquiro, que tras recibir el Nobel  no ha dejado de ser activo defensor de la tauromaquia.

Ante estos genios de la literatura hay que desmonterarse; sin que debamos olvidar al inspirado poeta catalán Pere Gimferrer, posible Nobel.  

La afición taurina de los citados grandes escritores no es algo baladí.

Alguna significación cultural debe tener la estima de los creadores de la literatura por la Fiesta Brava, por no citar innúmeros artistas de la pintura, música, escultura, etc.

Los toros contienen un mundo creativo tan rico que fue el Maestro Goya quien captó la plástica que encerraba la tauromaquia y la sacó del marasmo de la fuerza primigenia del pueblo.

¿Frente a este caudal de arte que se opone?

En la soflama plúmbea y reiterativa subyace el no a la manifestación cultural española universalmente conocida y de asistencia voluntaria.

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