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Antonio José Candel - 23/09/2015

 “Explosión de toreo en tarde de heroicidad y maestría” o “Faenón de general de Garrido en Albacete” son solo algunos de los titulares con los que nuestra compañera de ABC, Rosario Pérez, ha encabezado durante estos días las crónicas de la recién concluida Feria Taurina de Albacete.

Y ustedes dirán: “¿pues el titular de este artículo no nos conduce a hablar de la capital del Segura?”Si, así es. Y aunque las comparaciones son tan odiosas como un pobre recurso,vamos a ello.

Lo cierto es que pocos (o ninguno) de estos titulares de la periodista de ABC –colmados de ese ímpetu sobrecogedor que solo sabe brindarnos una triunfal tarde de toros— nos servirían para ilustrar ni una de las crónicas de la también recién concluida Feria Taurina de Murcia, ciclo de la misma categoría y que cuenta, por ahora, con la fidelización incuestionable del colectivo murciano. Ahí es nada.

Pero la cuerda, si se tensa mucho, acaba rompiéndose por el lado más débil: el de la afición. Si hablamos de “fractura” no podemos olvidar como el colectivo que tiene y debe de ser custodiado con más esmero por los empresarios ha sido –en un gesto impertinente y de poca gratitud— negligentemente descuidado. La Juventud Taurina Murciana, encabezada por asociaciones como Tentadero Murcia o A Porta Gayola y tras varios años de trabajo incansable con el fin de acercar a los jóvenes al viejo coso de La Condomina, ha visto como toda esa labor caía en el olvido al no facilitar la empresa ese “Abono Joven”, iniciativa que ya acercó la pasada temporada a más de 250 jóvenes a la Plaza de Toros de la Ronda de Garay con la intención de disfrutar de la Tauromaquia.

El académico y gran baluarte de la Cultura Taurina Andrés Amorós, insistía en esta idea: “Toda novela, en todo tiempo y escuela, debe conseguir un objetivo fundamental: interesar al lector, divertirlo, incitarle a que continúe su lectura…”. Pues bien, si hemos conseguido convencer a 250 jóvenes para que lean con esmero la heroica novela que se escribe, a veces con pluma fina, en una tarde de toros y se ha captado su afición; ¿por qué desprendernos del tinglado que ha ayudado a alcanzar tal fin? Increíble.

En los titulares anteriores leíamos un nombre propio de este fin de temporada: Garrido. La Feria Taurina de Murcia, por su parte, ha podido contar con la presencia de Antonio Puerta, que contra todo pronóstico tomó una alternativa tan exprés como triunfal junto a El Juli y Perera, y Alberto López Simón, que trenzó el paseíllo en La Condomina con un cornalón sin cicatrizar y después de la paliza recibida hacía tan solo dos días en Albacete. También es cierto que estos dos toreros contaron para el ciclo murciano “gracias” a caer heridos dos de sus compañeros: Talavante y Paquirri. Otra de las bajas sensibles de esta feria fue la del murciano Rafael Rubio “Rafaelillo”. Ya lo esperamos para celebrar su 20 aniversario como matador de toros.

En este sentido, la Murcia taurina debe de hacer un inciso y abrirse a nuevos y originales carteles. Sabemos que el aficionado apenas disfrutade autoridad para imponer al torero nuevo, al torero que prospera jugándose la vida al margen del tenderete y que pisa las plazas con una madurez que apabulla, que emociona. Esos toreros son los que protagonizarán el día de mañana las nuevas gestas toreras y esto, es fácil predecirlo en una temporada en la que la sabia nueva se está imponiendo a la costumbre, a la monotonía. Simplemente debe de reinar un ápice de cordura: que el acceder a los carteles no sea una cuestión de pactos entre tratantes, sino de méritos propios. El mundo del toro debe de empezar a aliarse con la lógica consecuenciadel triunfo.

Joselito y Belmonte fueron, quizás, los dos toreros que más velaron para que saliera cada tarde a la plaza el toro íntegro, encastado y con auténtico trapío. Parece que era cuestión de orgullo profesional. Ahora, del mismo modo, son también los diestros más demandados los que imponen en las feriasel encaste y el tipo de toro a lidiar. Murcia, en este sentido y un año más, quedaba muy lejos de una plaza de segunda categoría, con las consecuencias que suele tener para la propia feria: el desencanto e irritación de los aficionados que esperaban disfrutar de una faena que no cuajó debido a la pobre condición de un torete flojo y descastado, que ni pelea en varas ni se luce en banderillas. Al final: faenas al sol y pañuelos blancos que asoma por doquier del balconcillo del presidente. Al fin y al cabo, el público (del pastelico de carne como dicen en mi tierra) es el juez del valor.

En tiempos arduos urgen las decisiones osadas y firmes si no queremos que la Fiesta de los Toros pierda la relevancia cosechada a lo largo de más de 125 años en La Condomina. Para ello dos cosas deben de ser fundamentales y caminar al unísono: el torero y el toro.O regresa pronto la emoción a la Fiesta o esto acabará convertido en un espectáculo folclórico-popular sin mayor entidad.

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