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"Hace unos días La Vanguardia rescindió el contrato a un veterano colaborador: GREGORIO MORÁN. Las razones de fondo, por lo leído, parecen turbias. Seguro se aclararán con el  paso del tiempo"
José Luis Rodríguez - 15/09/2017

Hace unos días La Vanguardia rescindió el contrato a un veterano colaborador: GREGORIO MORÁN. Las razones de fondo, por lo leído, parecen turbias. Seguro se aclararán con el  paso del tiempo.

Este escritor, en uno de sus artículos publicado hace muchos años en el referido medio, dio noticia y recuperó la voz de Chaves Nogales, de quien actualmente se edita su obra sin cesar y del que con razón se escribe y habla tanto, destacando su ecuanimidad al describir y juzgar los prolegómenos y la Guerra Civil, que le comportó tener que exiliarse de España.

Los amantes de la literatura taurina disponemos, de la pluma de este agudo observador sevillano, la biografía de Juan Belmonte, libro  de obligada lectura para conocer al hombre sin traje de luces, al niño que quería ser torero y lo consiguió, no sin sufrimiento.

En la vida de Belmonte se sucedieron momentos de necesidad y de generosidad que quedan en el duermevela  de la memoria del lector, pasajes que en cualquier momento pueden despertar.

El otro día, al entrar en la tahona artesanal Cots, en  l’Espluga de Francolí (Tarragona) a comprar el pan, asocié  la noticia del despido de Gregorio Morán con el nombre de Chaves, del torero y con aquel episodio que cuenta cuando siendo Belmonte incipiente maletilla, andando con el hatillo al hombro con un compañero de fatigas, ambos con la andorga vacía, se lamentaban de que sólo les quedaba un zoquete de pan. Viéndose obligados a pedir le dijo  el amigo a Belmonte, que llamara a la puerta de un cortijo y mostrara el rebojo para que le pusieran un poco de aceite; gesto suficiente para motivar la generosidad y les darían, además, algo para comer.

Esta página de su vida la recuerda Belmonte, siendo ya dueño del cortijo, en que de torerillo tuvo que ser  auxiliado por   hambre…, la que da más cornadas que el toro.

Creo que la panadera de l’Espluga intuyó que el gozo de las hogazas me habían transportado al limbo de algún recuerdo y se quedó quieta, detrás del mostrador, pendiente le expresara mi petición.

Pasada mi momentánea abstracción, miré los distintos tipos de panes y le dije que de buena gana me los llevaría todos, que eran hermosos, apetitosos, y le solicité permiso para hacerles una fotografía. Me lo concedió y se me ocurrió decirle:

 -Lástima que la imagen no incorpore el aroma del pan (sonrió y me respondió).

 -J’arrivarà (ya llegará).

Le compré el pan nuestro de cada día y me llevé además la sonrisa de la panadera.

Salí a la calle con la bolsa llena y fui barruntando sobre aquel tesoro alimenticio que llevaba  hacia la alacena de mi casa.

¡Qué historia más larga la de la humanidad hasta llegar al pan! ¡Cuántas luchas, penas silenciadas para poder comerlo! Y ahora, afortunadamente, tan abundante, tan variado y tan bueno en los anaqueles de las panaderías.

Lo compramos y lo comemos sin pensar que hace  unos 10.000 años los hombres sapiens, cazadores y recolectores, descubrieron el trigo salvaje, planta de escasos granitos engarzados en espiga que crujían entre los duros molares (primeros molinos de una harina aún por lograr).

El hombre tenía todavía que averiguar muchas cosas sobre aquella cañita coronada y fimbreante al viento: El ciclo de su cultivo, el modo de su aprovechamiento, la siembra, la siega, el mayal contra la parva, la molienda del grano entre piedras, la obtención de la harina, la masa, el hurmiento, el fuego y el horno para llegar al bendito PAN; cuántos años para llegar a la hogaza, la barra, el bollo, el chusco, la baguette…

El PAN. Al que antes de partirlo con el cuchillo se le hacía la señal de cruz y si se caía al suelo se besaba,  como bien preciado y en disculpa de la torpeza.

El pan, el mismo que Belmonte necesitó para poder seguir su camino, el pan que no es bueno si no es de todos.

 

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