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José Luis Rodríguez - 12/08/2017

Estoy en Benasque, rodeado de las más altas cumbres de los Pirineos, las que se resisten a ser vencidas por el cambio climático y conservan aún glaciares bajo el tórrido sol de agosto, tras un rusiente julio. Las he contemplado desde el cielo, en el aeroplano que pilota Gerardo Bielsa, quien las pisó muchas veces con botas y ahora las sobrevuela con las alas de su avioneta. Al fondo el valle verde y fresco que amenizan las aguas heladas que descienden raudas, hacia donde cantó el poeta, que es el morir. Pero aquí son recién nacidas y a veces hasta turbulentasy siempre saltarinas.

En este granítico lugar de la península no tenemos plaza de toros, aquí el ambiente es montañero y, no es por comparar, pero estos picos, crestas y barrancos embisten como miuras si se desafían sin estar bien entrenado.

Tras el interesante vuelo me tomo una caña de cerveza tostada (esa que te has ganado desde el verano pasado y te sabe gloria), en la terraza del Hotel Aneto, mientras contemplo la Tuca del Mon, cima que mira con descaro hacia el Pico Cerler, que tiene forma de volcán sin truncar y los esquiadores conocen bien.

No me acuerdo de los toros pero se me acerca un aficionado, que está aquí de vacaciones a pegar la hebra taurina y surge el tema, como intento plasmarlo pues no es cosa de actuar de fedatario.

El aficionado dispara:

-Dicen que hay gente pa’tó.

- Pues sí, ya lo dijo El Gallo: "Tié q'haber gente pa'tó".  

-¿Y qué diría si levantara la cabeza y viera el esperpento que han legislado unos pocos con “poder político” en Baleares?

Como se observa el aficionado no se conforma con poco.

-No se sabe, pero se me ocurre podría soltar que una cabra puede ser como un perro para el Derecho.

(Intuía le podría desconcertar la frase, aunque tratándose de poner voz al genial maestro, no podía andarme con naderías).

-No entiendo.

-Me explico: En tiempos de El Gallo, en aquellos vagones de madera de RENFE, campeaban unos letreritos de porcelana blanca, claveteados, en los que se leía: Prohibido subir al tren con perro. Y cuentan que hubo un viajero  que se montó llevando una cabra.

-¿Y qué?

Que al pasar el Revisor y ver al viajero con la cabra le dijo si no había  leído el letrero. Y bajara la cabra del tren. A lo que el pasajero le contestó que no era un perro, era una cabra.

En los ojos del aficionado brilló la luz de la inteligencia y dijo:

-Vamos, para el reglamento ferroviario es lo mismo un perro que una cabra. ¿Y qué tiene que ver esto con lo de Baleares?

-Mucho.

-Cuente:

-Una corrida de toros no puede dejar de ser lo que es: lidia con muerte a estoque de toros; por tradición y por  ley. Lo de Baleares, utilizando expresión en boga, es una  fantasmada que no llega ni a charlotada. Estos novísimos políticos reguladores de la tauromaquia, “superan” al cazurro de la cabra que, a su favor, tenía no haberse añadido en el aviso“(…) y cualquier otro animal”.

- Y… ¿no cree proceden con  mala fe?

- Sí, y en fraude de ley.

 

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