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"No me encuentro, pues, en el “circuito nacional taurómaco” pero sí me llegan las noticias desde uno de los bolsillos de la mochila, donde llevo el teléfono móvil"
José Luis Rodríguez - 22/08/2017

En este mes tan colmado de festejos taurinos, de pasión por los triunfos en los redondeles grandes, medianos y chicos y hasta en alguno que otro improvisado, me hallo apartado de la tensión de la afición por el toreo, del bullicio y de la alegría de las plazas que se van sucediendo unas a otras con carteles anunciados y con alguna que otra sustitución en las ternas, pues nada hay más incierto que el toro, de ahí la frase para no marrar: “torear a toro pasado”.

No me encuentro, pues, en el “circuito nacional taurómaco” pero sí me llegan las noticias desde uno de los bolsillos de la mochila, donde llevo el teléfono móvil.

En la espesura del bosque, por donde ando ascendiendo por sendero pedregoso, me entero de la inesperada retirada del maestro José Antonio Morante. He de confesar que me coge absolutamente desprevenido. Camino sin compañía, sin poder comentar la noticia con nadie, y constato la indiferencia más absoluta del mundo vegetal por el mutis del diestro y también por las mariposas, a las que observo detenidamente y creo adivinar en sus antenas, alas, colores y dibujos, quiebros en el aire propios de Morante. ¡Qué cosa es la afición!

Van revoloteando las mariposas a mi alrededor y deduzco que a lo mejor tenga algo que ver con los colores chillones de los palos de montaña, de los que me sirvo para asegurar equilibrio y zancada.

Lo cierto es que me siguen y me dan pie a pensar, durante unos pasos, que los artistas,  son seres sensibles y tienden a convivir con “mariposas mentales”, que suelen ser la causa de reacciones que parecen caprichosas, infundadas e incomprensibles para los demás…

Detecto que las mariposas, las de mi entorno, de repente, se fueron de mi lado, posiblemente al darse cuenta de que los palos de colores fucsia no eran flores… las de Morante en cualquier momento le dejarán la cabeza sosegada.

Estoy muy cerca del Monasterio de Poblet (Tarragona), hace un rato comencé el itinerario de la excursión por el Encinar  deLa Pena, lo sigo por el sendero trazado por el interior del tupido bosque que, si resisto, me conducirá hasta el mirador, en la cima prelitoral.

Ya dejé atrás los soleados viñedos con racimos en agraz, que maduran a velocidad de AVE, Intento  concentrarme en mi cansina marcha, mientras intuyo que la excursión me deparara alguna sorpresa.

Al rato de andar me entretengo en observar el estado que presentan les pedreras dels Aubins y de l’Escolta; trabajo duro la de aquellos hombres que arrancaban de estas barrancadas toneladas de pirita, pizarra, granito, sillares, mampuestos…

Miro la montaña mordida a cielo abierto y me sorprende la abstracción, los lienzos que los canteros “pintaron” sin pinceles. La roca herida nos enseña, a la luz del día, las vetas, las franjas profundas. Detecto que los tonos del piso del camino van variando, los hay rosados, amarronados, pizarrosos…, pintas que se van acomodando a la variada coloración de los roquedales colindantes. ¡Qué interesante hubiera sido estar al lado de un Ingeniero de Minas!

Abandono las canteras y sigo por el túnel vegetal del bosque yendo a parar a un claro rotulado en un mojón como Plaza de la Libertad, que dispone en su perímetro de unos pocos bancos rústicos de madera. ¿Quién bautizaría este espacio tan recóndito preso de la selva que lo rodea?     

Lo desconozco, aventuro podría ser algún grupo de jóvenes en tiempos de la dictadura. El andar y no saber incita a imaginar.

Aledaño a esa plaza liberal discurre, cuando baja agua, el Torrent dels Boixets, que ahora veo como un bacalao seco, mala señal.

Continuo subiendo, subiendo por el  sendero hasta entroncar con la Pista Forestal que va también a La Pena. Me siento, sin serlo, dueño de todo lo que piso y veo. La soledad hace  que nadie me lo discuta.

Ya sobre la plataforma de la pista me hago la ilusión de que falta poco. Pero no es así. Lo  iré comprobando porque me cuesta más mover las piernas.

Paso por una alta cascada, casi sin caudal, que me sorprende con su escorrentía con efecto de lluvia al precipitarse en el espejo de agua del vaso, verdadero arpegio natural.

Cuando ya notaba a faltar el afán por llegar, primer aviso de incipiente fatiga, como si fuera una aparición, leí la indicación de Font dels Boixets, que quedaba una “miajita” apartada  de la traza de La Pena, cuando yo ya había agotado mi botella de agua y me dije:

Primero beber para poder llegar, al margen que siento una especial predilección por las surgencias de agua de montaña. ¿Cómo sería la fuente de los bojes pequeños? (Buxus) Pronto lo iba a averiguar.

Una joya. Una verdadera maravilla, allí, tan elevada, tan humilde y tan recogida en sí misma, con el caño de agua al abrigo de una roca que se pliega en forma de pechina y… ¡ tan fresca!

Y bebí y bebí y me vinieron a la mente los botijos de los toreros y su vasito de plata en un ferragosto de luz cegadora; y me pareció sentir en la mano la llave ardiendo del portón de los sustos. El suplicio en el tendido de sol que no se termina de poner y la gota de sudor que se desprende desde la castañeta y sigue su camino hasta las zapatillas…

Junto a la fuente brindé mi tributo de sincera admiración a todos quienes para ser felices tienen que sufrir en el ruedo. Hubiera querido llenar allí los botijos de todas las cuadrillas. Dicho y sentido queda.

No hace falta les diga que sentí separarme de la fuente. Había llegado ya a la Casa Forestal, un esfuerzo más y tal vez el más penoso, y ganaría el mirador de La Pena.

Llegué y contemplé, el mar me lo ocultó la calima. Es tan grande la panorámica que se ve que yo la califiqué de bíblica.

El descenso fue alegre, como el chorro de agua de la fuente.

 

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