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José Luis Rodríguez - 21/06/2017

No hay nada más desigual que las tardes de toros. Vamos a la plaza con la ilusión de que resulte mejor que la anterior. Después pasa lo que pasa porque que de antemano nada está escrito en el ruedo.

Ya en el coso sopla ligeramente el viento, ondea la bandera. El miedo, agazapado en el cuervo de la montera, grazna por los machos al oído del torero.

Nadie puede ver al toro  enchiquerado, allá, en la oscuridad de la celda que es su capilla. Trae el animal, en el pitón derecho, un rayo que refulge.

Se expande el eco del almohadillero que anuncia a gritos y pide la voluntad por mejorar la comodidad de los asistentes. De un asiento del que ignoramos nos levantaremos con angustia.

Giran las saetas del reloj por donde siempre, aunque el tiempo es fugitivo.

Una mariposa, empujada por una ráfaga de brisa cálida se ha metido en la plaza y da vueltas siguiendo el blanco de lirio del estribo de la talanquera.

Suena el clarín y salen las cuadrillas en orden ritual bajo un sol de fuego.

Luz (mucha luz) y sombra (poca sombra) en los tendidos. Bullicio.

Pregona el mozo bebidas refrescantes.

Nadie repara en la fatigada mariposa con lunares que vuela hacia  los toreros. ¿Los confunde con un jardín? Se posa en la hombrera izquierda de un matador de tez morena y cabello negro ensortijado, ¿querrá libar el imposible oro de los bullones?

¿De dónde vino la mariposa, cómo llegó y entró en la plaza? Es un misterio de una tarde desigual. Lo sabe el toro, sólo él preso  en el chiquero que no puede ver la flor del viento, la que se metió en el cajón y viajó con él  hasta los corrales.  

Al toro le huelen las astas a azufre de la abrasiva fricción con los muros de su clausura.   

Fue en el quite, una contrariedad, trastabilló el diestro. Un accidente. Eso es lo que vio el público, lo que cree la gente, lo que narran los papeles…

Mentiras, porque  la verdad es lo que no se ve y es.

El sino,

la Muerte,

el viento… y los ojos del toro fijos en la mariposa bordada en la hombrera.

El cuerno.

No hay dos tardes iguales.

Las de Puerta Grande de triunfo.

Las de cogida y muerte de gloria para la eternidad.

Fandiño oyó el gozne de las dos. La última se abrió Aire-Sur-l’Adour.

No hay dos tardes iguales.

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