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José Luis Rodríguez García - 07/05/2016

Mientras la plaza de toros de Madrid se llena de público, los animalistas se han propuesto coincidiendo con la Feria de San Isidro, hinchar el globo del antitaurinismo, ahora desde un enfoque artístico-intelectual, en sede de la Calcografía Nacional, en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, y han designado como "abanderado" nada menos que a Francisco de Goya y Lucientes.

Y digo nada menos porque hay fundadas investigaciones que refrendan que el genial pintor fue amigo de los diestros más famosos de su época y hasta quiso ser torero, precisamente cuando comenzó a concebirse la lidia como arte para dejar de ser mera actividad lúdica defensiva frente a las reses bravas.

En los grabados de Goya, un observador ideológicamente neutral, lo primero que verifica es que se halla ante un reportaje de actualidad taurina del s. XVIII, en el que en algunas imágenes (iba a escribir fotogramas por su realismo) se atisba ya la voluntad de depurar la corrida popular del caos que provoca la acometividad del toro, que es lo que con el transcurso del tiempo se ha logrado aplicando sucesivas reglamentaciones, técnica en el conocimiento de la reses y preceptiva del toreo.

La Fiesta hoy tiene poco que ver con el desorden con el que se solía jugar popularmente al toro. Precisamente las tablillas goyescas constituyen un hito del que partir para poder comparar el avance que en 200 años se ha dado en la tauromaquia.

Hoy las plazas de toros son anillos de luz, de color y de música.

El escenario elegido por los animalistas es apropiado para tratar sobre arte y recordar al genial pintor, pero dudo que lo sea para que se arroguen una proposición revisionista con frases que pretenden decirlo todo en favor de su tesis y que, a mi modesto parecer, resultan vanas; como se infiere de las que me permito entrecomillar y apostillar:

"(…) interpretaciones acopladas a un sentir contemporáneo, que rechazan la continuidad de este tipo de festejos en el mundo actual"

Las 24.000 personas que acuden a ver las corridas durante la Feria de San Isidro, pasan por taquilla, no están desacopladas, ni carecen de un sentir contemporáneo. Con su asistencia afirman la muy sentida afición a los toros.

Quienes han escrito lo que transcribo en cursiva han hecho oídos sordos al hecho que prueba que, la afluencia a los cosos sigue en número de espectadores a los del futbol y la cifra está  por encima de los del cine y el teatro.

Sentar cátedra desde tan rutilante sitial, mirando hacia el pasado y augurando el futuro de los toros…, ¡oh, albricias! se contiene en esta síntesis:

"(…) detectan que los tiempos han evolucionado y con ello lo hacen los comportamientos de sus protagonistas", a los que se atribuye: "la contemplación deleitosa de la tortura y muerte  de un ser vivo sintiente como es un toro, o como cualquier otro ser humano o no humano."

Y yo me pregunto:

¿A qué Drácula habrán recabado tal sentimiento deleitoso?

Quienes escriben estas cosas saben, pero lo silencian, que en las plazas se indulta y se aplaude en el arrastre a los toros bravos, animales nacidos para embestir contra todo lo que se mueve próximo a su mirada.

En fin, los organizadores de "Otras Tauromaquias" están en su derecho de criticar a los toros y hacer su propia lectura de la iconografía taurina de  Goya, pero lo que no deben es meterme a mí -innominado aficionado-, en contra de la evolución de los tiempos y cómplice de tortura y muerte.

Sigan ellos con sus otras tauromaquias y a mí que me dejen con la mía.

 

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