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30/04/2017

Creo que se redacta como se es, incluso más que como se habla, de lo que se infiere que lo negro que ponemos sobre blanco es el  azogue del espejo en el que dejamos nuestra íntima huella, en la que algunos de los lectores observarán rasgos coincidentes con lo que ellos piensan:

-He leído lo suyo sobre...y estoy de acuerdo, pienso lo mismo que usted.

Daremos las gracias y en el intervalo de tan fugitiva frase desearíamos descubrir en el rostro, timbre de voz y hasta en las maneras de ese lector, si existía tal sintonía.

Y así vamos aprendiendo que lo que escribimos no nos pertenece del todo y hasta puede no sea verdad eso de escribires desnudarse (individualmente). Eduardo Mendoza, flamante Premio Cervantes refiriéndose a sus obras de teatro ha dicho: "Pero estas tres son totalmente mías, en la medida que una obra literaria es de quien la escribe"

Personalmente he podido constatar que el grado de coincidencia con los lectores suele ser más amplio y vigoroso si los temas versan sobre recuerdos de infancia.

A mi me gusta evocarla, la siento como una patria mágica. Ámbito ideal en el que, sin ser iguales los hechos, los medios, los lugares, los niños, los adultos... acontecieron vivencias personales que suelen despertar en los lectores momentos  inolvidables de sus propias patrias.

En la mía, mis amigos y yo éramos seres reales en un mundo irreal, fronterizo con el de los mayores en el que todo era real: Lasociedad, regida por el dinero, en la que con el paso de los años terminaríamos ingresando y  encontrando acomodo. Tránsito sutil desde la patria mágica a la salarial. Pero antes que eso sucediera gozamos de muchas cosas de valor y de ningún precio: Una libélula  zigzagueando en el aire sobre una charca me hacía partícipe de la perfección de su vuelo. Las piruetas del caballito del diablo las recordaremos de jubilados como si las hubiéramos visto ayer. Nada más importante para un niño que el leve  y a la vez cambiante vuelo del "avión" entre el agua pespunteada de juncos y el cielo azul.

Quienes me sigan leyendo es probable que, sin darse cuenta, se reencuentren con su patria mágica y ya, sin esfuerzo, vivan parte de la mía y hasta es posible que acaben siendo alumnos de mi maestro, que podría haber sido el suyo, y si no lo fue... en algo se le parece.

Tuve varios maestros, se trata de una ventaja o desventaja y que a mi me vino impuesta  por ser hijo de funcionario, sujeto a traslados por ascensos, necesidades del servicio, etc., lo que me llevó a conocer otras ciudades, otros niños, otros ríos...

El maestro que recuerdo ahora fumaba en pipa, tenía los ojos hundidos en la calavera de la cara huesuda, en la que le ardían dos pupilas que perforaban los cristales de sus lentes y, entre la nube de humo que salía voluptuosa  de  su cachimba, era capaz de ver a Rogelio, en la última fila de pupitres, cambiando el cromo de un tigre de bengala por una canica de piedra.

 -¡Rogelio, los tigres se  mimetizan! (Tronó la voz ronca y campanuda del empedernido fumador). La clase quedó expectante. Todos miramos a Rogelio. Fue como recibir una  orden militar: !Vista a la derecha!

Rogelio se quedó petrificado con el brazo extendido entre su pupitre y el de su amigo, con la estampa aún en la mano, que no era de tamaño mayor a un sello de correos.

En esos tensos momentos en que don Pipa (así lo llamábamos los chicos en secreto) alzaba la voz y principiaba la frase con el nombre de un alumno, sabíamos que sería inmediatamente seguida de sentencia inapelable.

Oímos como Rogelio tragó saliva y como después carraspeó el maestro y se produjo un automático ¡Vista al frente!  Todos  ya pendientes de la sentencia, de la boca de don Pipa que apartó los ojos de Rogelio, abrió pausadamente el cajón de la derecha de su mesa, asentada sobre la tarima, y sacó una pizca de picadura y un pequeño atacador de boj, entre caballito de mar y pieza de ajedrez, y procedió concienzudamente a presionar el tabaco en la requemada cazoleta.

Mientras, la clase se hallaba en suspenso, viviendo uno de esos momentos en los que se descubre que vuelan muchas moscas.

Terminó el maestro de comprimir el tabaco, se llevó la pipa a los labios, mordió la boquilla de amarillo marfil, sacó del bolsillo de la chaqueta una caja de cerillas, la abrió como si tuviera que contemplar en su interior una maravilla, extrajo un fósforo, lo raspó de un solo trazo en la tirita de lija del canto y, con delicado cuidado acercó la llama al cuenco, al tiempo que succionaba con los bucinadores hacia dentro, muy adentro, tanto que era cuando más se parecía a una calavera enviciada por la nicotina.

En ese momento el jabardillo de moscas colegiales ya se había enseñoreado del aula, zumbaba hasta por encima de la cabeza del maestro nacional, mientras la clase seguía en estado de grupo escultórico de sal.  No hay nada que paralice más el ánimo que la espera de una sentencia. Fue en ese momento (recuerdo que faltaba poco para terminar el curso escolar) cuando el maestro, olvidándose de Rogelio, abarcó con su mirada el aula y dijo:

- ¿Alguien de vosotros sabe el significado de la palabra que "he disparado al tigre de papel de Rogelio"? La repito para los despistados: Los tigres semimetizan.

Miramos discretamente hacia Rogelio.Si alguien tenía que saberlo era el dueño del cromo, pero éste seguía, tras haber sido descubierto, en estado de shock. Pensaba con toda certeza en las cien líneas que tendría que escribir con buena letra.

A esas alturas las moscas ya se sentían dueñas del espacio. Una incluso decidió bañarse en  un tintero y terminó ahogada (el no uso de tinteros ha salvado de morir a muchas moscas con vocación intelectual),  y otras optaron por congregarse en círculo para chupar un goterón  de leche condensada esprendida del bocadillo de Daniel, el niño más goloso de la clase.

Don Pipa seguía esperando respuesta a  su pregunta y se comenzó a oír alguna desperdigada tosecilla.

-Bien; pues si nadie lo sabe, tendré que explicarlo.Mimetizar, según la Real Academia........

Fue en ese momento cuando Rogelio decidió hacer algo en su defensa y no se le ocurrió otra cosa que echar mano de "lo familiar". Era hijo de un ganadero y le pareció una buena estrategia congraciarse con esta salida:

-Sr. Maestro, los toros zainos son así para mimetizarse con lo oscuro de la noche, pero  ¿y  durante el día?

Don Pipa le miró perforando los redondos cristales y le contestó:

 -Rogelio, la bravura y los cuernos les ahorran a los toros la necesidad de mimetizarse para defender su terreno.

Y añadió:

Para mañana, Rogelio, con buena letra, me traes 50 líneas con la frase: NO CAMBIARÉ CROMOS DE TIGRES EN CLASE.

Fue el último castigo del curso escolar 1950/51, las vacaciones de verano habían comenzado sabiendo que los tigres no se cambalachean en clase y a los toros ni falta que les hace.

        

 

                       

 

 

           

                       

 

                       

 

                       

 

           

 

            

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