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"…Y llegó el otoño tras un verano que parecía no querer tener fin. La  radiante orla del sol prolongó las estancias en la playa, en la campiña y en la montaña"
25/11/2017

…Y llegó el otoño tras un verano que parecía no querer tener fin. La  radiante orla del sol prolongó las estancias en la playa, en la campiña y en la montaña.

Chicharras, grillos y gorriones dilataron el fondo musical en los largos y dulces días de un estío que nos decíamos unos a otros era inacabable. Una prueba más de lo que se asegura como la venida del  cambio climático. Aunque no nos lo acabamos de creer porque sabemos por experiencia que igual que la cabra tira al monte las cuatro estaciones lo hacen fijamente hacia el calendario, a las fases de la luna, al santoral, al refranero, a las ferias, a los cultivos…., a todo lo que viene, pasa y vuelve con la rueda de la vida.

Caminaba yo por las pedregosas y extensas viñas de Poblet (Tarragona)  sintiendo que el verano, por fin, me daba la espalda; me acompañaba un airecillo con aroma de resina y de lagar que iba meciendo los pámpanos de azófarsin racimos que tapar.

Allá, en las bodegas que dicen la Catedral del vino, en l´Espluga de Francolí, hace días que dio comenzó el lento y añejo proceso del vino, primero la obtención del mostoy más tarde la maduración del caldo en toneles y barricas de roble.

La tierra en otoño, pensé, nos habla de la fatiga del trabajo, de la paciencia en los cultivos cuando es llegado el momento echar las cuentas delo cosechado.

Caía el sol de la tarde por donde siempre, por el Oeste,  deshaciéndose en hebras de oro y sangre sin que las ruecas de los altos  aerogeneradores las pudieran hilar. En el perfil del monte giraban y giraban mirándose unas a otras:

-“Son feos éstos molinos-vocalicé en la soledad-, pero  dicen que buenos convertidores de energía cinética.”

Junto a ellos me quise imaginara Don Quijote, pero su lanza no alcanzaba hasta las altas y aerodinámicas aspas de metal, libélulas locas sin charca; Rocinante de espanto se hubiera desbocado y Sancho quizá habría intentado abatirlos apedradas, asumiendo el protagonismo de su señor al no disponer éste de armas adecuadas para tan colosales gigantes.

Caminar por estos viñedos no es fácil, hay que llevar buen calzado; me sirvo de un par de botas de montaña de suela gruesa que pueden con los irregulares y agudos cantos.

Para que no me sorprendiera la noche en aquel ancho paraje me di la vuelta y entonces tuve en frente, a pocos kilómetros, el Monasterio de Poblet y desde su campanil me llegó el nítido sonido de la campana que llamaba a oración para dar gracias por el día que fenecía,les vespres(las vísperas).

Intuí que la última luz de la tarde, en ese momento, se estaría filtrando por el vitral policromado de ojo de buey del templo y, en el interior de aquella nuez de sillares, los monjes, como siempre, día tras día, siglo tras siglo, se dispondrían a repetir las salmodias con las que han ahormado sus voces y sus almas:

“Señor Dios, que encomendaste al hombre la guarda y el cultivo de la tierra, y creaste la luz del sol en su servicio, concédenos hoy que, con tu ayuda, trabajemos sin desfallecer para tu gloria y para el bien de nuestro prójimo.

Y puesto el sol cantarían la Salve en escasa luz de tres candelas.

Ya en el silente ambiente que sobrevino al eco de la campana,  noté que descendía  la temperatura, apresuré el paso y me dije:

-La primera ymelancólica tarde otoñal.

Hace años, quizá demasiados, en un aula de Bachilerato nocturno un sacerdote, profesor de lengua  francesa, nos leyó:

« Les sanglots longs

des violons

de l’automne

Blessent mon cœur

D’une langueur

Monotone. »

 

 

 

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