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José Luis Rodríguez García - 18/02/2016

Me viene a la memoria Málaga con su Semana Santa y la piedad que derrama el Cristo de la Buena Muerte, izado sobre los brazos de quienes no la temen y hasta son novios de ella.

La talla de Mena llevada por legionarios penitentes impacta.

Pero no es mi intención redactar una crónica de los tronos malagueños, bellísimos y bien la merecerían, sino contarles que callejeando por la ciudad  fui a parar, a una vidriera con libros, no muy lejos de donde en azulejos hay grabados estos versos:

            "En el café de Chinitas

            Dijo Paquiro a su hermano:

            "Soy más valiente que tú,

            Más torero y más gitano."

            (...)"

Efectivamente, se trataba de un modestísimo escaparate  de una librería de viejo que me atrajo como el imán a las agujas. Llamé a mi esposa  para que volviera donde me había detenido y le propuse entrar en aquel diminuto mechinal con libros hojeados por muchas manos.

-Si empezamos así poco vamos a ver de Málaga.

Le dije a mi esposa que solo sería un momento, echar un vistazo y añadí:

- Aquí gustan mucho los toros y es posible que vea algún libro interesante.

-Entra tú. Te espero en la calle.

El local tenía más de leonera que de comercio. Los vasares en paredes con libros sin orden ni concierto. En perfecto caos de tamaños,géneros, épocas, autores... Un sitio ideal para pasar el rato buscando. Cuando iba a desistir, al no descubrir a primera vista ningún título taurino, decidí preguntar a quien parecía el librero, que estaba sentado sobre un taburete, y cubría su pecho con una camiseta a tiras, algo churretosa. Permanecía indiferente a mi presencia en el local. Tuve la sensación de que hasta podría molestarle.

-¿Tiene libros sobre tauromaquia?

Apuntó con el dedo indice hacia una repisa en un rincón y siguió sentado y absorto.

Efectivamente, en la laja señalada había unos cuantos libros sobre toros (mi esposa seguía en la calle).

Comencé a leer títulos y a ojearlos para hacerme somera idea del contenido y, como suele suceder en este tipo de búsquedas al tuntún, encontré uno que me interesó.

Tomé  el libro del anaquel y me acerqué al taburete en el que seguía  sentado el librero y  vi que tenía puesta su atención en un barreño de plástico de color verde, colocado encima de una mesa estrecha y larga en el que había una lechuga y unos cuantos caracoles, burgajos o "bovés", que  la comían dejando ojales vacíos. Le mostré el libro y le pregunté:

-¿Qué precio tiene?

-Los libros como este no tienen precio, tienen valor.

(Mi esposa seguía esperando a que saliera de la librería). Por la respuesta intuí que el trato tomaba derroteros senequistas.

-Oiga, ¿los engorda para comerlos? (se me ocurrió decirle para dejar la filosofía a un lado).

-Usted es catalán, ¿verdad?

-Y cómo lo sabe si le hablo en castellano,sin acento catalán.

-Por lo de si los cebo para comérmelos. Sepa que no lo haría nunca. Los tengo de mascota, me acompañan.

-Ah...

-Tienen cuernos retráctiles para no embestir, no múgen ni reburdean; son absolutamente pacíficos.

-Ah... (es lo único que se me ocurrió)

- ¿Es verdad que en Lérida los ponen boca arriba y les echan sal para que no salgan de su caparazón mientras los asan vivos?

-Sí, "cargols a la llauna".

Y yo seguía con el libro en la mano, mirando  a hurtadillas hacia la calle temiendo que mi esposa hubiera ya decidido explorar sola Málaga

-Y ustedes que se los comen ¿cómo es que tienen la Monumental cerrada?

-Pues...

-Le voy a invitar a un vasito de vino que me traen de Moriles. ¿Acepta?

-Sí. claro.

Se metió en la trastienda y trajo una garrafa de 5 litros y escanció dos vasos.

-Le va a gustar.

Miré hacia la puerta y vi a mi esposa con cara de enfado, levanté el brazo disimuladamente para que viera "la presa" que no acaba de ser mía.

-Buen vino. Y... dígame, ¿cuánto le debo por el libro?

-Lo que usted quiera darme, cuando lo lea comprenderá que no tiene precio.

Y salí de allí con el libro GOYA FIGURA DEL TOREO,de Manuel Múgica Gallo,editado en 1971 por Ediciones Cultura Hispánica, con prólogo de Gregorio Marañón.

Otro día les contaré lo que contiene este ensayo, pues es otra historia.

Ilustración: José Luis Rodríguez García

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