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"Aprendí el oficio de tallista hace muchos años, tantos que murió mi admirado maestro y hasta algunos de mis queridos y recordados compañeros"
José Luis Rodríguez García - 05/02/2018

Aprendí el oficio de tallista hace muchos años, tantos que murió mi admirado maestro y hasta algunos de mis queridos y recordados compañeros. Los estragos del tiempo se dejan ver en el retrovisor de la existencia de cada uno, aunque no solemos mirarlo con frecuencia porque la voluntad la tenemos encarada hacia el futuro.

En aquellos años de aprendizaje, en la mitad del siglo pasado, trabé amistad juvenil con quienes trabajaba, aprendía y compartía aquel periodo de mi vida que  gozaba de  escasos con momentos de asueto, como el de la parada de la mañana para “devorar” el bocadillo que llevábamos envuelto en papel de periódico y el de antes de comenzar la jornada de tarde, jugando una partida de frontón contra  una pared de un mercado municipal.

En esos años de aprendizaje se valora a los compañeros por el nivel de dominio del oficio, por la generosidad de transmitir lo que cada uno sabe y por  los buenos ratos en los que se ponen las inquietudes en común.

Hoy los evoco porque una frase, después de tantos  años, me los ha traído al presente: “Un oficio se aprende, una carrera se estudia”.

Escribo, pues, bajo el impulso de esa idea.

Podemos aprender de muchas maneras, pero hay una artesanal, con el contacto, asiendo, guiando las herramientas por sus empuñaduras, al tiempo que se nos van encalleciendo las manos, viendo como va saliendo la obra con el nivel de oficio que vamos alcanzado.

Al culminar cada tarea constatamos que lo hecho nos confiere rango de “autor” y que los compañeros lo  evalúan y, aunque no lo manifiesten, nos atribuyen una calificación.

Ninguna imperfección escapa al examen de quienes están a nuestro lado en taller y la propia auto exigencia nos impulsa a superarnos.

En aquel taller teníamos el afán de aproximarnos cada día un poco más al dominio del recordado maestro Pep. No creo que lo que cuento fuera nada excepcional, como tampoco lo era que al terminar la jornada algunos coincidiéramos  en las aulas de  la Escuela del Trabajo. Aprender para nosotros fue un reto.

Recuerdo hoy con nostalgia aquel entusiasmo por lograr, en el menor tiempo posible, el dominio de las herramientas, de ahormar las manos a ellas con la soltura y seguridad de los veteranos. Pasar de aprendiz a ayudante era nuestro objetivo.

Así fue como aprendimos el oficio, haciendo de las herramientas la prolongación de nuestras manos, manos que guardan una suerte de memoria hacedera.

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