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José Luis Rodríguez García - 07/12/2015

Cuando voy a los toros salgo de mi casa con un pañuelo blanco en el bolsillo, con iniciales bordadas y aromado del romero que le impregna un saquito que lleno en primavera.

A los toros no se puede ir como se va a otros espectáculos. Uno debe ritualizar la preparación de su presencia en la plaza; al aficionado le corresponde adecuar el ambiente en los pequeños detalles, hasta en los ínfimos gestos, nunca desmerecer la Fiesta.

No, no es algo baladí lo que acabo de escribir.

Sé que el público suele ser importante en cualquier representación pero se da el complejo hecho que los toros  son mucho más que un rato de pasatiempo, que es lo que suelen ofrecer los espectáculos en general. La corrida, como tantos buenos taurinos nos han enseñado, encierra una certeza: los toros han de morir. Y una grave incertidumbre: la de que los toreros han de salir de la plaza como entraron, por su propio pie, salvo que venza el toro. Salir por la Puerta Grande ya es epinicio. No en vano Bergamín sostenía que los toros superaban a las tragedias griegas, pues de éstas conocemos su final.

Y es verdad, cuando vamos con nuestro pañuelo blanco a la plaza sabemos que en la esperanza del triunfo se amaga la desesperanza de un riesgo cierto que el diestro –con su destreza- ha de capear y muletear con arte, puntualmente auxiliado por su cuadrilla.

Nosotros, el público, componemos el coro expectante que desea tributar al matador el trofeo por una faena cabal, verificada siguiendo el rito de los tercios al son de la lidia que cada toro requiera, con la técnica y el toreo –estilo- propio del espada (lidiar es conocer al toro con inteligencia y dominarlo con la tersura de las telas).

Es necesario, para que la Fiesta sea un acontecimiento, que los aficionados valoremos la hondura (quizá trágica) de la función cuando se nos presenta en su entorno festivo.

Creo que los sevillanos enmudecen a esa tipología de espectadores que no faltan y se nos muestran entre sabios y parlanchines diciéndoles:

-¡Cállese que no me deja ver!
En esta frase hay un pozo de verdad taurina.

¡Hay tanto que ver y ocurren tantas cosas en el tiempo huido del reloj del coso!

A muchos aficionados nos sucede que al concluir la corrida y levantarnos del asiento tenemos durante unos instantes que reordenar nuestro pensamiento.

Grandes toreros en el cúlmen de la fama a veces se han referido a  comportamientos irritantes, injustos, absurdamente exigentes del público. Joselito, Belmonte, Manolete se lamentaron alguna vez de falta de comprensión, de un pedir más…

Nosotros ponemos la afición, la ilusión, el pañuelo…(y alguien añadirá: y el precio de la entrada) y es verdad, pero no debemos olvidar que la vida la tiene puesta el espada en las suertes... del toreo.

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