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"La primera carta de nuestra vida casi todos la escribimos con destino a sus Majestades de Oriente. Recuerdo  la mía en papel pautado, oyendo las advertencias de que no volcara el tintero, con tinta azul, en el que por su cuello alto y boca roscada introducía la plumilla, sujeta a un mango de madera color granate"
05/01/2018

Sin duda los Reyes Magos lo pueden todo, aunque últimamente lo tiene bastante difícil para leer la abundante correspondencia que reciben a través de las nuevos medios de comunicación; tengo entendido que sus ordenadores se colapsan ante la avalancha de correos electrónicos, wassaps, Twitter, etc. y deben atender, además, las miles de sacas con cartas de papel de multitud de países.

La primera carta de nuestra vida casi todos la escribimos con destino a sus Majestades de Oriente. Recuerdo  la mía en papel pautado, oyendo las advertencias de que no volcara el tintero, con tinta azul, en el que por su cuello alto y boca roscada introducía la plumilla, sujeta a un mango de madera color granate.

Claro, ha pasado mucho tiempo desde entonces y no me acuerdo con detalle del contenido de aquellas misivas, pero sí recuerdo que entre los juguetes que recibí siendo “niño creyente”  hubo la máquina de cine NICK y el Mecano.

Con el proyector NICK llegué a organizar sesiones de cine para mis amigos y con el Mecano me sentí como un operario de taller de coches.

En aquella lejana época los niños queríamos ser bomberos, militares, maquinistas de las paquidérmicas locomotoras a vapor... Algunos querían otras cosas, como bombos de lotería. Aspiraban a trabajar en la Banca donde las letras de cambio ocupaban a mucha gente con camisa blanca y corbata. El Mecano, decían, era un juguete muy instructivo y hasta   llegué a creerme que podría desmontar y montar toda clase de máquinas. Llegué a agotar los planos del juego y me fui haciendo mayor descubriendo  lo que se me había ocultado, sin llegar a comprender en la confusión en la que vivían las personas mayores no siendo Reyes y pretender actuar como si lo fueran para dejar de serlo por el chivatazo de cualquier amigo.

Noticia verídica que nos era confirmada inmediatamente por varias fuentes y nos creaba el fundado temor de que Melchor, Gaspar y Baltasar dejarían de interesarse por el lustre de nuestras botas.

Era a partir de este momento cuando los sabios desconocían que habían dejado de ser Magos, que eran de carne y hueso y sin embargo vivían en la creencia de que la magia duraba en su hogar.

Era el efecto de una mentira generosa de ida transformada en egoísta de vuelta. En muchos casos ese ha sido el recorrido vital de la trilogía real, un fatal derrocamiento dilatado en el tiempo, pero a la postre un “golpe de Estado.”

Recogido lo anterior se comprenderá que es natural que, mientras dura ese periodo, las cautelas del niño que dejó de ser creyente son muy comprensibles. Se trata de un momento delicado pues barrunta que terminarán por llegar las desilusiones y fracasos con cambio de “pedidos”. Y de esto quiero tratar en víspera de los Reyes Magos.

Yo tenía una ilusión bárbara por una armónica HOHNER

En los años 50 del siglo pasado este modesto instrumento musical de viento, de fabricación  alemana,  era deseado por muchos niños y jóvenes. No era barato, hablando en términos de aquella época, Pero  para mi era el regalo supremo: ¡UNA HOHNER!

Sabía que los “Reyes” no tenían corona y en qué tienda de música tenían la armónica, con tapas niqueladas, como de plata y con el peine lleno de cuadritos por los que exhalar e inspirar mi propio aire y convertirlo entre mis labios en sonido. Me las ingenié para que mi madre, la “Reina,” pasara por delante de la tienda y le señalé la armónica, fulgurante, junto a una guitarra española, un violín y una flauta. No pude adivinar si mi estrategia resultaría.

...Y llegó la noche del 5 al 6 y me fui a dormir con los párpados cerrados y los oídos atentos a lo que se hablara más allá del tabique de la habitación. Y pasada más de una hora oí el ruido de paquetes y cuchicheos entre mi madre y mis dos hermanas mayores que le preguntaban:

-¿... Y a José Luis qué le has comprado?

(Era la pregunta, la había oído, casi adivinado).

-Como empieza a ser mayorcito, un Misal. “La guía del buen cristiano.”

 Y claro, me dormí nada creyente.

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