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"De niños vivimos la Navidad y ya de mayores la recordamos, de manera que  pasados los años descubrimos que el verdadero tesoro de la tradicional festividad es el poso de vivencias  que nos dejó más que en la memoria, en el alma."
José Luis Rodríguez García - 25/12/2017

De niños vivimos la Navidad y ya de mayores la recordamos, de manera que  pasados los años descubrimos que el verdadero tesoro de la tradicional festividad es el poso de vivencias  que nos dejó más que en la memoria, en el alma.

Aquellas navidades de hace casi tres cuartos de siglo, tan lejanas y a la vez tan inmediatas al dolor de la guerra civil no fueron consumistas ni rutilantes como las de ahora. Para empezar escaseaba la energía. Las bombillas se instalaban de largo en largo trecho y eran casi siempre de baja potencia. También había poca luz eléctrica en las casas; en algunas aún se iluminaban con candil y velas.   Para encender el fuego se utilizaba la tea y para avivarlo  el soplillo de esparto. Ahora las ciudades son un ascua de oro y hasta las ofendículas de las cancelas de los jardines se trenzan con tubos de luces multicolores.

En aquel tiempo el alumbrado público de las calles se    intentaba con postes (altos palos de madera embreados) con una pantalla de porcelana blanca suspendida por un brazo en forma de S, que tenía  enroscada  una bombillita en el centro que alumbraba sólo lo inmediato y quedaban amplias zonas a oscuras. Era la negrura  por la que vagaba el sereno con  bastón y manojo de llaves que, con su tintineo, anunciaba sus cautelosos pasos. A estos noctámbulos de oficio, guardadores de puertas y sabios en cerraduras, se les convocaba con primeras tímidas palmas y, si el silencio se prolongaba sin oír respuesta , se repicaba con fuerza y al verlos salir del vientre de la noche, con capote y gorra de plato, nos parecían vigilantes de la nada, por lo poco que entonces había que guardar tras las puertas.

Sin embargo en aquellas frías y largas noches de la posguerra las madres de entonces mantuvieron viva su amorosa lucecita, no más intensa que la de las luciérnagas, pero cálida y suficiente para que sus hijos gozaran de la Navidad. Las madres eran el milagro cotidiano.

Recuerdo con especial ternura como en las vísperas de Nochebuena mi madre hacía acopio de ingredientes para sorprendernos con los típicos dulces caseros: mantecadas y perrunillas. Harina, huevos, manteca, anís, almendras, canela, azúcar..., y cómo aquellos productos sobre la mesa de madera de pino de la cocina eran  hábilmente mezclados, amasados, moldeados y cuidadosamente cubiertos con un paño blanco y colocados en una canastilla y llevados, casi en procesión, hasta el horno de la tahona donde, tras sacar el panadero con una larga y delgada pala la última hornada de  hogazas,  permitía a nuestra madre pudiera aprovechar  el rescoldo del horno y hornear  aquellos dulces de unas navidades que, sin serlo, nos siguen  pareciendo las más radiantes.

Y es que la oscuridad de aquellos tiempos no llegó a tragárselo todo.

 

    

 

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