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José Luis Rodríguez García - 07/11/2016

Hace unos días estuve en el Teatre Nacional de Catalunya, con motivo de la representación de La Celestina, dirigida y protagonizada por José Luis Gómez. No salí descontento. Valoré el extraordinario esfuerzo que siendo varón tuvo que hacer para dar vida a la alcahueta, tan vieja  como astuta y sabia en maldad.

Puede que los actores y las actrices cuando alcanzan el nivel superior de interpretación sientan una personalísima necesidad profesional de someterse a la prueba "milagro o fracaso" de  encarnar personajes que parecen imposibles por sus condiciones de edad, sexo, rasgos... No les importan, las salvan  valiéndose de maquillajes, postizos, ortopedias..., lo que sea, y se arriesgan para lograr representar lo que la naturaleza les niega.

Como espectador salí de la "Sala Gran" del TNC pensando que La Celestina  es  papel para una mujer y no para un hombre, por muy capaz e intrépido que sea el artista.  Innecesario añadir que valoro el mérito de José Luis Gómez y el resultado logrado, pero me hice estas dos preguntas cuando descendía los escalones, dejando a mi espalda  la columnata de la casa de Tespis.

¿Consiguió ser Celestina?

¿Fue ésta la Celestina que yo escuché, más que leí, en el texto de la tragicomedia?

Fuera del sortilegio escénico me pareció que siguió siendo "él" envuelto en los refajos de la anciana y no "ella",  la bruja.    

Lo que no empece mi sincera admiración por este genio del teatro,  bien acompañado por todos los actores del reparto en un montaje singularmente oscuro, opresivo, que abarcaba el subsuelo (morada de Celestina), la planta del escenario (donde se desarrolla la mayor parte de la acción) y los altos (andamiaje de pasos y terrazas) en los que de hace presente la tenebrosa vida de aquel tiempo.

Al salir del teatro era noche cerrada. La representación había durado bastante (sin entreacto) y al contacto con la calle  me apeteció, antes de tomar un taxi, ir paseando hasta la Plaza de Toros Monumental. A aquellas horas las aceras estaban vacías, no me crucé con ningún peatón. Sólo circulaban coches que pasaban zumbando fundiendo unos con otros las ráfagas de los faros.

Pronto llegué (la distancia es corta) a la Plaza que estaba siendo  noticia en los medios de comunicación y, a la vez, esperanza de la asfixiada tauromaquia catalana. Pero allí nada de eso se advertía. Sólo había la realidad material insensible del edificio. Posiblemente contribuía a ello la oscuridad que lo envolvía.

Imaginé el recinto circular, el albero, abierto un cielo en el que a lo largo de la noche se irían turnando las estrellas en paseíllos de luces…

Indiferencia, silencio, corrales vacíos.

Solar edificado, dicen que en la mejor manzana inmobiliaria de Barcelona, lindante con Gran Vía Corts Catalanes y Marina. Señores, ¿quién da más?

Me vino a la memoria que en la representación que acababa de ver de La Celestina se había utilizado una grabación de alta definición de los ruidos de los toros en los chiqueros antes de salir a la plaza.  Sin duda una original aportación sonora para fondo de una obra literaria tan española.

La Monumental amanecería  otro día sin bravura, sin gallardía y sin pasión.

Se comprenderá que me sentía en un lugar neutralizado, privado de la actividad para la que fue construido. Fue entonces cuando tuve la sensación de estar junto a un enorme y fantástico personaje encadenado. Y me asaltó la pregunta:

¿Puede la sentencia del Tribunal Constitucional ser el beso que lo despierte?

En ese momento me acarició la frente una fina ráfaga de aire, uno de esos levísimos soplos que apenas mueve la muleta.

...  Se aproximaba un taxi con luz verde.

-¡¡Taxi!!

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