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José Luis Rodríguez García - 20/10/2016

Pude estar en la octava corrida de la Feria del Pilar de Zaragoza, en la que se puso el cartel de no hay entradas y observé a los revendedores como azacaneaban entre la gente a la  búsqueda de quién quisiera desprenderse de su boleto. A mí me lo quisieron comprar. La expectación estaba asegurada.

Ocupé el asiento 22, contrabarrera 2ª, tendido 8, puerta 12 (me guardé  la entrada para punto de libro). Estuve entre un talavantista y un  morantista y delante tenía a un padillista. Con estos tres seguidores, a ráfagas, entré en comunicación, sin perder la vista en el toro.

Personalmente tenía especial interés en ver torear, en el cenit de la temporada que finiquitaba, a Alejandro Talavante, que vistió de fucsia y oro.

De Morante de la Puebla no guardaba buen recuerdo desde la de Bilbao. Allí la lío tan  gorda que no había llovido lo suficiente para olvidarlo, salió de negro y oro.

Y sobre José Padilla... ¡ah, sobre Padilla! Siento por este torero la admiración natural  por los que creen en su verdad más allá del límite, donde se hace borrosa frontera entre la vida y la muerte. Pisó la arena de celeste y oro.

 "¡¡¡Padilla..., Padilla...Padilla... illa...illa... illa...maravilla...!!!" Animaron sus incondicionales.

Comenzó El Ciclón de Jerez hincándose de rodillas, clavando las rótulas en el albero, y…  abrieron el portón.  El susto fue morrocotudo. Un rayo no corre tanto. El toro le arrolló y  propinó un golpe seco (nos pareció cornada) a la altura de la cuenca del ojo que otro toro le había vaciado en la misma plaza. Tremenda precisión la de la mala suerte.

¡¡Ay…!!  Rotundo y colectivo el lamento. ¡Otra vez malherido!

Cuando intuí el gesto de Padilla, dispuesto  a recibir al toro a puerta gayola dije: - No tiene necesidad, nadie duda aquí de su vergüenza torera.

No se me pudo oír por el runrún de la plaza. Pero yo sí que alcancé a escuchar al seguidor del torero: – Padilla no sería quién es si no se pone en ese sitio.

Y se puso, y le vi entre la tierra y el cielo de celeste y oro.

Irrumpió el toro y fue directo, con toda su fuerza hacia quien lo citaba y, al alzar el capote para burlarlo el farol se quedó en garabato.

Se  lo llevaron a la enfermería conmocionado. 

El primero lo tuvo que despachar Morante, lo hizo tras un ligero desorden en el ruedo. Pronto se vio que no le gustaba la res y nada hay que reseñar.

La tarde se nos ponía cuesta arriba. Y el de su turno no le agradó a Morante. Volví a revivir la bronca de Bilbao. El morantista, desde mi izquierda, me dijo que cuando torea el de La Puebla del Río no se sirve a la carta. Y añadió:

- Se viene a lo que se viene, que salga el milagro.

Y siguió impasible esperándolo. Cuestión de fe.

A Talavante se le aguardaba para calibrar su evolución. A este torero todo el mundo le quiere examinar. Debe ser porque progresa sin tope. Se habla y se escribe mucho de su toreo vertical, de su muñeca de seda, de lo lejos que está el toro del pico de su muleta y lo cerca de su bragueta y con razón. Lo comprobamos en La Misericordia

Con el tercero de Talavante se fue el mal fario de la plaza. Un respiro.  Siempre se ha dicho que cada toro tiene su lidia y Talavante se la dio.

Este diestro ha llegado al final de la temporada sabiendo lo que hay que saber para seguir progresando.

En ese momento del festejo  ya tenía amortizada la entrada y… ¡albricias! el ambiente remontaba.

Y salió el cuarto. Morante casi ni lo miró; aún no había tenido tiempo de quitarse de la cabeza el zumbido de la bronca  y se fue con ganas al bicho. ¡¡Menos mal!! El menú prometía.

Torero y público se hermanaron. ¿Cómo es posible la reconciliación tan pronta tras una censura a plaza llena? El halo, el misterio de Morante o ¡vaya usted a saber!

Vi al morantista al borde de la locura. Cada lance un cartel de toros de coleccionista. Morante barroco, torneado salomónico entre las telas.

¡Una oreja!

Oscurecía en  el cielo y amanecía en la plaza. Reflejos de fucsia y oro en el ruedo, luz de luces y Talavante, otra vez, con su muñeca de arte.

¡Otra oreja!

Y llegábamos al sexto imaginando a Padilla en el hule y, de repente, su traje relumbró en el callejón. Una aparición. ¿Quién había hablado de milagro? Volvió la épica al palenque.

Un buen toro lanceado de rodillas. Y otra vez…

"¡¡¡Padilla..., Padilla...Padilla... illa...illa... illa...maravilla...!!!"

La faena fue de dos orejas, le entregaron solo una y se armó el escándalo. Nada irrita más que la injusticia y en Aragón mucho más.

Emocionante y buen cierre de temporada a la vera del Ebro, donde no faltaron aficionados catalanes errantes, que reivindicaron a una sola voz con los maños la pérdida de la libertad taurina en Cataluña.

Termino el artículo y me llega la esperada noticia taurina. Por fin tenemos sentencia del Tribunal Constitucional dejando sin efecto la prohibición de los toros en Cataluña 

Señoras y caballeros, ahora comienza la corrida del siglo XXI  ¡Qué Dios reparta suerte! La vamos a necesitar.

 

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