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José Luis Rodríguez García - 06/09/2016

El verano galopa y sobre sus sudorosos lomos van las vacaciones hacia las calendas de la vendimia, eso iba yo pensando cuando el tren  Alvia rodaba por La Rioja, abrasada por el ferragosto que celebran las cigarras con monótono chirrido.

El convoy pasa veloz y desbarata por un momento el tórrido y calmo paisaje

Atrás iba quedando Bilbao y dos de los festejos de las Corridas Generales que con tanta ilusión había ido a ver.

Morante de la Puebla no tuvo su tarde abrochada y barroca. ¿Estuvo allí realmente?¿Qué pasó? Los críticos ya lo explicaron a su modo y no es cosa de repetir por lo menudo lo contado.

Mientras voy barruntando este artículo el tren corre que se las pela; no puedo ver los racimos que penden de los sarmientos, ni se me va de la cabeza la imagen de desgana y hasta de indiferencia del famoso torero por su lote y, como contrapunto, el  protagonismo de su cuadrilla en el ruedo y... la bronca que se cuajó sobre en el azogue del albero, envés de espejo que no reflejó el toreo de Morante, aunque sí el de Urdiales y el día antes el de Ponce.

Tan breve lidia fue insuficiente, me decía para mí, por muy Morante que sea.  Pudo  y debió, a mi parecer (por mala que fuera la condición de sus toros), haber porfiado con los recursos que posee y evitar se oyera la voz del solista del tendido: ¡¡ACTITUD, MORANTE, ACTITUD!!  -Quien clamaba debía ser barítono de orfeón vasco-.

La voz se elevó del coro del tendido, como ocurría en las tragedias griegas. Acusación pública por falta de actividad  con las telas, pues de haberlas movido el diestro hubiera evidenciado que los astados eran tan marrajos que ni Morante podía mejorarlos. Conclusión: carne de desolladero. Y todos, tras el intento, habríamos quedado conformados.

El público paga y no sólo la entrada, sino el paquete que comporta  ir a los toros a una plaza de primera, en la que no suelen faltar asistentes  de otros lugares (a veces lejanos) con reservas de billetes, hoteles, etc. Al final la fiesta cuesta una pasta gansa y es un esfuerzo que debe ser correspondido.

Si Morante no fuera quien es me hubiera abstenido de escribir lo que antecede, porque un " torero de arte" puede estar más o menos inspirado y hasta llegar a ser poseído por el "duende", pero no debe inhibirse  de lo que le obliga su rango. El laurel a la postre es gloria que puede ajarse.

Me acabaré explicando: Al día siguiente de lo sucedido en la plaza fui a visitar el Museo Taurino de Bilbao y gocé contemplando las numerosas y valiosas piezas que conserva, incluida la colección de carteles y, casi al fondo de aquel curvo y bien dotado ámbito, me detuve ante la impresionante cabeza del toro Cacareo, de la ganadería de Cuvillo, lidiado, según cuentan las crónicas, en  las Corridas Generales de 2011 con absoluta entrega y singular belleza por Antonio Morante de la Puebla, el mismo que vestía y calzaba el día 24/08/16, ante los "pésimos"  dos de  Alcurrucén. La cara y la cruz.

Antecedente de un rotundo éxito que abunda para poder exigir a Morante la total disposición "ab initio", la misma que vimos en el también triunfador Urdiales.

Estando en el museo se me acercó un aficionado navarro, contento por el éxito de su paisano Diego Urdiales, y me sugirió mirara por una de las ventanas (se abren directamente a los corrales de la plaza), lo hice y vi cómo refrescaban con una manguera a los toros, y observé que ninguno tenía la cara de Cacareo. 

Ya ven, estuve en el museo (naturaleza muerta) y pude comparar las cabezas de los toros vivos con las cabezas expuestas y ninguno de los que se iban a correr tenía la de Cacareo.

Ese día Bilbao alcanzó los 40 grados a la sombra,la máxima de España, una temperatura difícilmente soportable con 10 grados más al sol, donde estarían sentados los aficionados. ¿Pasión o locura? Quizá las dos entreveradas por efecto de insolación.

El tren seguía corriendo y ahora jugando al escondite con el río Ebro y los árboles de su ribera. Viñas y más viñas en bancales y terrazas ordenadas en formación de ejército chino. Mirando el paisaje que el tren engullía me olvidé de los toros.

       

 

            

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