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José Luis Rodríguez García - 21/11/2016

Hoy me van a permitir que mi artículo no verse directa ni indirectamente sobre tauromaquia. Con esta gavilla de palabras pretendo expresar unos pensamiento en los que me agradaría sincerarme conmigo mismo (escribir con verdad es volver a vivir) y, al propio tiempo, con los lectores jóvenes de Burladero que detengan sus ojos sobre estas parcas líneas; a lo mejor les pueda resultar de  utilidad la lectura de mi modesta reflexión. Si fuera así me alegraría.

Con el paso de los años he llegado al convencimiento de que tiene que pasar tiempo para poder entender la complejidad de la vida social en su más profundo sentido. Que no es fácil interiorizar el valor de las normas que la regulan y asumir que sin ellas la sociedad se colapsaría.

Vivir es aprender. ¿Cuándo se sabe que las circunstancias nos modelan? De esto va esta entrega.

Posiblemente no hay diferencias esenciales entre nuestro presente de personas maduras y los que eran mayores de cuando fuimos jóvenes. ¿No será esta semejanza la mejor prueba de que los intereses humanos nos cambian con el transcurso del tiempo? Lo curioso es que nuestra percepción actual hace que captemos esta realidad (otrora criticada) y la justifiquemos internamente. ¿Qué nos ha pasado para venir en pensar y actuar como aquellos hombres y mujeres maduros que no nos agradaban?

De niños recibíamos constantemente instrucciones, recomendaciones… Se nos ponían fronteras, límites que debíamos respetar y dentro de ellos configurábamos nuestro mundo infantil.

Ya de jóvenes pudimos romper los cercos, explorábamos los ámbitos interpersonales, sociales, profesionales, ideológicos. Fue la aventura de los primeros vuelos en los que consumimos nuestros carburantes naturales: Generosidad, idealismo y vigor para poder superar a los mayores, a los que observábamos inclinados hacia el egoísmo del mantenimiento de su estatus, indiferentes a nuestra rebeldía generacional, que nos impulsaba a conquistar y transformar la realidad en un mundo diferente.

Aquel "antiguo mayo francés", el del estornudo que constipó a toda Europa, guardaba en la trastienda mucha rabia estudiantil, deseo de mejora laboral, social y también algo de lo que escribo.

Los BEATLES pusieron fondo musical a nuestras aspiraciones. Cuajó entonces una propuesta de cambio: Ser distintos a aquellos que detentaban el poder.

A los jóvenes se les escapan las razones por las que los hombres y mujeres situados social, profesional y económicamente actúan como lo hacen. Se quedan con el gesto, en la superficie institucional de los entes que estructuran las fuerzas que mueven el mundo. Su crítica no penetra, no llega al núcleo del que parte el orden para lograr un resultado determinado.

Los jóvenes, por ejemplo, son incapaces de admitir que, con toda probabilidad, dentro de unos años ellos serán como los que ahora censuran.

A veces me vienen a la memoria conversaciones con mis amigos, que tenían por tema la forma de actuar, convivir y dirigir que observábamos en los aposentados mayores. Recuerdo que nos parecían en general egoístas y nos decíamos a nosotros mismos que no seríamos  como ellos.

En este viaje que es la vida ya hemos llegamos a la estación de los mayores. Pero más que estación es un estado. Aquí se verifica puede llegarse sin palmón pero sin zarandeo no llega ninguno. El recorrido cuesta lo suyo y lo hemos experimentado, incluso sin apearnos de nuestro "tren", que... ¡oh, sorpresa!  nos parecemos bastante a aquellos a los que nosotros queríamos sustituir sin parecernos.

¿Qué nos ha pasado?

Pues eso, que nos ha costado llegar. Valoramos el esfuerzo. Que la sociedad, como el tren, tiene una intrincada red de vías por las que hay que circular, con escasa libertad de acción al estar en juego el derecho de todos.

Cuando veo y oigo a los líderes jóvenes de los modernos partidos políticos, valoro lo que les está costando a ellos abrirse camino para terminar, mañana, pareciéndose a los de mi generación.

Al tiempo.

 

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