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Jorge Arturo Díaz Reyes - 08/11/2016

Ya Manizales dio su prefería. Cali dará la suya en tres días, dos novilladas picadas y una corrida de toros. Luego, las dos plazas continuarán con sus ferias ensambladas de final y comienzo de año.

Después, en enero y febrero, lo más importante, la temporada bogotana con la muy anhelada reapertura de la Santamaría estrenando restauración, y simultáneamente la irreductible Medellín. Quizá también Cartagena, Duitama, Popayán y algunas otras plazas menores no sé. Será mucho para lo que ha pasado, pero poco para lo que hace corto tiempo había.

Reflexiones, nostalgias, ilusiones. Bueno, por un lado, el antitaurinismo arrecia. Los costos aumentan. Las ganaderías, los públicos y los festejos menguan. Se abandonan plazas. La fiesta se contrae y se aligera, pues como sucede en todo el mundo, los tiempos, los modos, las modas cambian y no siempre para bien. Lo resiente la vieja y fiel afición refunfuñando que todo tiempo pasado fue mejor y se va yendo apesadumbrada por el incierto destino de su herencia.

Sin embargo la esperanza no se pierde. La afición está replegada pero vive. Cuando se le ha convocado justificadamente ha vuelto y llenado las plazas, y lo ha hecho renovando filas, alistando contingentes jóvenes. ¿Que sienten la fiesta diferente, que la valoran distinto, que ignoran las viejas maneras? Claro. Siempre ha sido así. Cada generación escribe sus propios libros, decía Borges, y su propia tauromaquia, digo yo. La fiesta es dinámica, refleja la sociedad, la época, y aunque no lo parezca nunca ha sido igual. Quizá no mejor cada vez, pero si diferente; la que corresponde.

Y si se ha mantenido, milenaria, será porque sus diferentes formas litúrgicas, han estado sostenidas todas por la misma esencia ritual. La celebración veraz, honda, de vida y muerte, de regreso lúdico a los orígenes, de comunión con la naturaleza.

Podrá decaer la corrida (como espectáculo-negocio, una de sus versiones más recientes), podrá prohibirse, podrá convertirse a otra cosa quizás. Pero el impulso humano que la sustenta estará siempre ahí. En Colombia y en cualquier lugar. Baste ver a los jóvenes daneses, japoneses o norteamericanos corriendo libres y felices los toros en Pamplona, y a la multitud que los mira desde todas partes.

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