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Paco Delgado - 03/11/2016

Tras la reciente resolución de nuestro nunca bien ponderado Tribunal Constitucional, ya saben, sobre la falta de legalidad para prohibir las corridas de toros en Cataluña, nuestras certezas y convicciones se resienten. Y tenemos que volver a poner la fe como base de nuestras creencias. La seguridad o confianza en personas o instituciones, en cosa, deidad, opinión, doctrinas o enseñanzas de una religión. Esa creencia que no está sustentada en pruebas, aquella seguridad de una promesa, hay, ahora, que tenderla como red de seguridad. Porque, de lo contrario, habría que romper la baraja.

Nos dice el alto tribunal que anula la ley catalana que prohibía las corridas de toros, al considerar que la norma invadía las competencias del Estado en materia de Cultura y que, en el ejercicio de sus competencias sobre Cultura, el Estado ha dictado leyes declarando la tauromaquia como patrimonio cultural. Perfecto, Y ojalá esto cree doctrina y sirva para que no vuelva a repetirse este atentado contra lo que es una de las manifestaciones más importantes de nuestra cultura. Pero ¿esto no se sabía ya hace cinco años? ¿La tauromaquia no era en 2011 patrimonio cultural? ¿No era inconstitucional la resolución del Parlamento catalán desde el principio?

A la vista de la última decisión del TC sobre este particular, no se entiende muy bien porqué no se impidió esa prohibición desde el minuto uno ni porqué hace un lustro nadie dijo esta boca es mía cuando se decidió dejar sin toros a miles de aficionados.

Llama la atención que, ahora, varios partidos aprueben normas en defensa de la tauromaquia y, en su momento, cuando de verdad hacía falta su voz, su apoyo y su defensa, se camuflaran en el paisaje y se hicieran los tontos, mudos, ciegos e idiotas (la frase es de Juan José Millás y da título a una de sus novelas) y permitieran la tropelía sin inmutarse, sin que le cayese a nadie la cara de vergüenza, sin que nadie pidiese cuentas y sin que nadie dimitiese.

Claro que desde el bando taurino nadie movió tampoco un dedo para afrontar lo que se venía encima y, como siempre, dejaron que fuese el aficionado quien se partiese la cara para defenderles el negocio. Que yo recuerde no hubo nadie del sector que, directamente, saltase a la arena dispuesto a lidiar aquella ignominia. Ni se aclamase a leyes o instituciones que pudiesen ampararles. No. Dejaron que se consumase el atentado y hasta dudo que no viniese bien a muchos.

Cinco años después, oficialmente, parece que todo deba volver a su cauce, aunque las autoridades catalanas, muy en su línea, ya han dejado claro que se pasan por sus partes la resolución constitucional y que con ellos no va la cosa, con ellos no va nada que signifique España, sus leyes, costumbres ni etcéteras. Y no pasa nada ¿Qué va a pasar? si como dice un ex diputado socialista sólo falta que haya presos políticos, como si el no cumplir las leyes fuese sólo cuestión ideológica o de pensamiento...

Tampoco veo entusiasmo en el taurinismo, que espera cauto y agazapado a ver cómo se desarrolla toda esta historia que, como Santo Tomás, no creeré que se resuelva felizmente hasta que no lo vea. Y aquí convendría recordar lo que el gran periodista que fue Manolo Martín Ferrand escribía en ABC hace cinco años: "El peligro para los toros no está en quienes los aborrecen, sean cuáles fueren sus razones, incluso las antiespañolas que cabe sospechar en Cataluña; sino en los taurófilos de oficio y beneficio, en los criadores de animales sin casta y bravura, en los toreros sin arte, en las transferencias autonómicas que disminuyen la condición nacional del espectáculo y, sobre todo, en el matonismo de la Administración y de los empresarios taurinos que, en feliz compaña, abusan de los taurófilos".

Y, por cierto, ¿Quién, o cómo, resarce al aficionado a quien se ha obligado a permanecer cinco años condenado injustamente?

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