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Carlos Bueno - 25/08/2015

Manifiesto leído en la explanada de la puerta grande de la plaza de toros de Xàtiva el pasado 18 de agosto:

3.550 millones de euros, ese es el impacto económico de la Tauromaquia en España durante el último año. 3.550 millones de euros repartidos entre 103 sectores diferentes de nuestra sociedad y que benefician a todos. Casi 30 millones de euros pagados en concepto de IVA, a lo que hay que añadir las cotizaciones a la Seguridad Social y los cánones de arrendamiento de los cosos taurinos para sumarlo todo a la importantísima aportación tributaria que la celebración de los toros significa para las arcas del Estado.

10.194 profesionales taurinos y alrededor de medio millón de puestos de trabajo indirectos se sustentan gracias a la existencia del toreo.

Seis millones de entradas se vendieron para ver algún espectáculo taurino en 2014, en el que se celebraron 1.919 festejos y en el que, además, el toro pisó las calles 16.313 veces. Estos son los informes económicos y estadísticos que arroja la esfera taurómaca. Son referencias concluyentes que demuestran numérica y cuantitativamente que los toros interesan.

Pero la tauromaquia es mucho más que cifras. Es tradición, historia, cultura, arte, sentimiento, pasión, emoción... Criterios que no se pueden medir con números y que son infinitamente más importantes que cualquier dato aséptico. Conceptos y sensaciones que no nos pueden robar de forma totalitaria, intransigente y dictatorial quienes pretenden acabar con aquello que a ellos no les gusta o interesa, y menos cuando se escudan tras una protección demagógica del animal.

Porque prohibir la tauromaquia comportaría un toricidio. Significaría aniquilar el medio millón de cabezas de ganado bravo que viven en las 1.339 ganaderías de toros que hay en España. ¿O acaso alguien puede creer que se seguirían criando unos animales cuyo único destino y función es su lidia? No, el toro bravo se extinguiría porque nadie soportaría el gasto que significa su crianza, y con él desaparecería el medio millón de hectáreas de dehesa que ocupa un animal con una información genética que, a través de uno de sus cromosomas, hace de esta raza una especie única en el mundo.

Medio millón de hectáreas la mayoría de las cuales siguen ocupando la misma ubicación desde la Edad Media y que sirven de estancia a las aves de paso migratorias. Terrenos tasados en 1.862 millones de euros pero con un valor medioambiental incalculable, reservas naturales de flora y fauna que, de no ser por la crianza del toro, se convertirían en urbanizaciones y zonas de ocio que nada tienen que ver con la conservación de espacios ecológicos.

Estar a favor del toro significaría respaldar su crianza en libertad durante los cuatro o cinco años que vive cuidado con los máximos mimos para que acabe defendiendo su vida en veinte minutos y, además, con la oportunidad de ser indultado si realmente hace honor a su condición de bravo. A ningún otro animal, que no sea de compañía, se le da esa opción. El toro no quiere extinguirse ni morir sin dignidad; el toro quiere vivir en el campo para acabar demostrando su bravura en la lucha final, en la que fuerza e inteligencia se enfrentan para crear uno de los momentos más bellos que puedan imaginarse.

Los ganaderos, toreros y aficionados amamos al toro, aunque la intolerancia obsesiva de algunos les impida poder entenderlo. No debemos quedarnos de brazos cruzados mientras esos mismos activistas fanáticos persiguen de forma anticonstitucional y hasta ilegal despojarnos de nuestras libertades y derechos. Y esa campaña antitaurina, orquestada por oscuros y partidarios intereses, se está propagando por doquier sin que haya una reacción firme y definitiva por parte de quienes actuamos de forma legítima y respetuosa.

Sus tentáculos también han llegado a Xàtiva, donde hay quien se ha atrevido a afirmar que esta ciudad no cuenta con tradición taurina. ¿Qué significa entonces haber comenzado a celebrar fiestas con toros en el siglo XIII? ¿Qué quiere decir pues llevar organizando festejos de forma oficial en recintos específicos desde 1509? ¿Acaso pretenden ningunear que una figura del toreo del siglo XIX, como fue Joaquín Sanz “Punteret”, nació en Xàtiva? ¿Es que no quieren admitir que esta ciudad cuenta con clubs, peñas y aficionados de reconocido prestigio a nivel internacional? ¿No saben que este coso taurino está a punto de cumplir el centenario de su inauguración? No podemos consentir tantas mentiras, tanta falsedad. Por supuesto que debemos seguir dando ejemplo de respeto, pero eso no es óbice para que lo exijamos en la misma medida; y ante la difamación, el insulto, la provocación y la imposición sólo cabe rebelarse y movilizarse.

Todo está de nuestro lado, lo medible y lo intangible, la economía y el sentimiento, la historia y la tradición, la cultura y el arte. Los toros, que no son de derechas ni de izquierdas, simplemente del pueblo, nos dan la razón. El toro quiere vivir. Sí a los toros.

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