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Paco March - 18/01/2016

"Donde nos llevó la imaginación/ donde, con los ojos cerrados/ se divisan infinitos campos/ donde se creó la primera luz/ junto a la semilla de cielo azul"

(Antonio Vega)

Cuando ya Morante de la Puebla iba a por la espada tras convertir- una vez más- el toreo en prodigio, el comentarista de la televisión deslizó que, quizás, lo visto tenía parangón con la célebre faena de Silverio Pérez a "Tanguito", también en la Plaza México, el 31 de enero de 1943, de una magnitud artística hasta entonces nunca vista, cuentan las crónicas. Tal fue el alboroto aquella tarde que el torero de Texcoco, tras cortar los máximos trofeos hubo de dar hasta seis vueltas al ruedo.

Cuando acercaron el micrófono a Morante mientras se lavaba las manos y secaba el sudor del rostro, que era la viva imagen de la plenitud, el genio de La Puebla estaba mudo, pues su discurso con la muleta ya no admitía corolario.

José Antonio Morante Camacho es un espíritu libre que, para sorpresa de muchos, tiene en Domingo Ortega uno de sus referentes, como reconoce en una entrevista con Andrés Amorós: "Algunos toreros reducen todo a quedarse quietos. Hay que saber andarles a los toros, como Domingo Ortega, poderlos con suavidad".

"Debutante" era el nombre del toro de Teófilo Gómez con el que Morante esculpió su gran obra. Toro noble, escaso de fuerzas, mansito y que embestía no al ralentí, sino lo siguiente. No había que poderle, en la acepción estricta del verbo, había que torearlo, imantarlo a la muleta apenas sostenida por las yemas de los dedos que eran prolongación corpórea del alma intangible y, despacito, lenta, interminablemente, hacerlo pasar por la barriga, las ingles, los muslos y, consumado el viaje y las zapatillas girando sin moverse, apenas dejando su huella sobre la arena, hilvanar el siguiente, igual pero distinto.

Cuando se torea como torea Morante, es un estremecimiento, un asombro.

El escritor Antonio J. Pradel, en su libro "Elogio y refutación de la quietud" cita a Bergamín, quien decía que para escuchar auténticamente a fondo una música había que prestar  atención “como quien oye llover”. Es decir, con la másprofunda atención, la misma con la que contemplar una faena de Morante.

Y así lo hizo el (escaso) público de Insurgentes, cautivado ya en las trincherillas al que abrió plaza, o en esas chicuelinas del quite, elevadas, etéreas, soñadas acaso.

A quienes se empeñan en tratar la tauromaquia como perversión y a los aficionados de cómplices sádicos de ello les convendría (no se dará el caso, claro) contemplar los rostros del público en los tendidos cuando llega el toreo o el triunfo (que no siempre van de la mano). Ambos, toreo y triunfo,  ayer de la mano  con Morante.

Al público de toros, cuando llega el toreo,  se le ilumina el rostro, se abraza al vecino de localidad y, premiando al torero que lo ha hecho posible, se premia a sí mismo. No ocurre en los deportes, ni en el cine, el teatro… en ningún otro espectáculo. Es la verdad, el triunfo de la vida sobre la muerte. Y eso es lo que conmueve y no soportan los que niegan y prohíben el toreo.

Los mismos que invitan a denunciarlo  en Facebook, equiparándolo a bajezas de toda ralea. Incapaces, pobres, de compartir  con Morante, el sitio de su recreo.

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