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Carlos Bueno - 29/11/2016

Hace sólo unas fechas presenté y moderé una charla en la que participaron un famoso matador de toros retirado y un ilusionado becerrista de la Escuela Taurina de Valencia. El acto se celebró en el ayuntamiento de la localidad a la que pertenecía el entusiasta torerillo, y mi primera alegría fue comprobar la gran cantidad de chavales que ocupaban las butacas de la sala. Doce, quince, veinte, quizá más; chicos y chicas que no superaban los dieciocho años y que seguramente habían acudido, no al reclamo del torero de renombre, sino en condición de amigos y partidarios del novillerete local.

Imagino que no todos sentían verdadera afición, y no se puede calcular cuántos de ellos seguirían yendo a los toros en el caso de que el paisano no llegase a ocupar un puesto relevante en el escalafón superior. Pero lo cierto y positivo es que la irrupción de un nuevo nombre en el panorama taurino siempre despierta expectación entre el vecindario y siembra la barriada de posibles aficionados primerizos.

En el mismo evento, y una vez finalizado el coloquio, uno de los profesores de la Escuela Taurina de Valencia me comunicó el incremento de alumnos activos que ha tenido el centro en los últimos tiempos. Hace apenas un año eran media decena de muchachos los que acudían cada tarde a recibir las clases pertinentes, mientras que en la actualidad no suelen ser menos de veinte, incluso hay días que esta cifra se dobla. ¿Cuál es la razón? Pues debe ser que la Escuela está haciendo bien las cosas, y entre ellas cabe resaltar que ahora los incipientes aprendices están gozando de mejores y mayores oportunidades para participar en tentaderos en ganaderías de renombre. Seguro que eso influye en el aumento de educandos.

Pero además, quiero creer que los constantes eslóganes bombardeados por los antitaurinos están provocando el efecto contrario al por ellos deseado. Basta con intentar prohibir algo para que se sienta más atracción hacia ello. Me contaron que una vez le preguntaron a un levantador de piedras vasco cómo se le había despertado tal afición, a lo que él contestó: "Una vez llegó mi padre a casa con una piedra, la dejó en el patio y me dijo que si la tocaba me cortaba los cataplines. La curiosidad me invadió y no pude resistir aquella prohibición". ¿Será eso? ¿Será que el ansia prohibicionista de algunos está estimulando la intriga? ¿Será que su falta de tacto y de educación ante algunos sucesos ha generado una reacción inversa a la que persiguen? Sea por lo que fuere, la realidad es que en los últimos meses la presencia de gente joven en las esferas taurinas parece haber vivido un auge esperanzador.

Y todo a pesar de los intentos perversos, traicioneros, inmorales y carroñeros de introducir en las escuelas la semilla antitaurina, como ha sucedido en varios colegios de la ciudad valenciana de Silla, donde, a través de unas charlas sobre maltrato animal promovidas por el Ayuntamiento, se han tratado de inculcar a los niños directrices abolicionistas. De hecho en una serie de imágenes proyectadas en las aulas se llegaba a leer el lema "no a las corridas de toros". A mi entender estas acciones nada tienen que ver con el sentido democrático que debe imperar en un país libre; todo lo contrario, vulneran el derecho que todos los padres tienen a elegir la educación de sus hijos.

Ojalá esté en lo cierto y todo este tejemaneje escabroso y deshonesto que muchos antis ponen en práctica para imponer su voluntad esté volviéndose en su contra. De momento hay motivos para la alegría tras comprobar que el número de chavales que se acercan a la tauromaquia va en ascenso.

 

 

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