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Administrador - 18/10/2015

La faena ayer de Alejandro Talavante fue, para quien firma, una obra mayor a la que la casquería de oreja más o menos no le quita un ápice. Era de dos y punto.

Hay momentos, tardes, faenas, toreros, toros, que a uno le reafirman en su condición de aficionado. Y ayer , en La Misericordia, hubo de esos y, también ¡ay! de los otros. Más de estos últimos, ya se “se me olvidó que lo olvidé, aunque nada se me olvida".

Si me acuerdo, claro, de la enorme disposición de López Simón, su concepto de quietud y temple, su inquebrantable voluntad de pasarse los pitones por faja y muslos y, sobre todo, su inmensa proyección a futuro que ya es presente. Y, faltaría más, de ese enorme Juan José Trujillo que colocó dos pares de banderillas como lo han hecho a los más grandes: en corto, buscando la cara del toro, reunido con él en el embroque, sacando los palos de abajo, cuadrando en la cara, y apoyándose en ellos como imprescindible resorte para salir con bien de la suerte, tan pura, tan comprometida, tan toreramente.

Cumbre es término que los taurinos usan (y abusan) para definir sin concretar. Pero si cumbre es torear como lo hizo Talavante, sirva. La tarde para él era una cuesta abajo, un abismo fatal para una temporada que merecía justo lo contrario. Y pasó. Pasó que salió un toro encastado (el único que tomó dos puyazos en regla) y que en manos del torero desarrolló a más, llegando incluso a humillar en las tandas finales cuando de principio tal condición no se adivinaba. Fueron el pulso, la determinación, la ciencia transmutada en arte, los artífices del prodigio. Porque prodigio es encauzar embestidas con esa lentitud, ajuste, temple, largura y remate. Toreó Talavante para sí mismo, que es torear para todos y todos (menos uno, allí, en el palco) lo vieron, lo gozaron y, como decía de inicio, a más de uno seguro se le disiparon dudas existenciales.

La Tauromaquia, su historia, puede (diría que debe) explicarse en las aulas, las Escuelas Taurinas cumplen (mientras les dejen) una función ejemplar pero a torear así, como ayer Talavante en Zaragoza, no se puede enseñar (la nueva ocurrencia del Ministerio de Educación y Cultura con la FP no merece comentario) porque es privilegio de unos pocos. Y, ante ellos, solo queda descubrirse y darles las gracias.
 

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