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Paco Delgado - 17/11/2016

Cada vez somos menos cosas. No somos París. Ni somos Grecia. Tampoco fuimos Haití, por ejemplo, cuando tocaba serlo. Ni Siria, ni etcétera, etcétera. Ni somos, como pensábamos, los mejores. Ni los más grandes ni los más guapos. Ahora resulta que tampoco somos América. Y entiéndase América como Estados Unidos, el país que marca la pauta en el universo mundo.

Se acaban de celebrar las elecciones en el, dicen, país más poderoso de la tierra y enseguida vemos lo que diferencia a una nación de otra. Allí la inmensa mayoría apoya, aunque no le hayan votado, al candidato vencedor, empezando por el candidato derrotado y el enseguida ex presidente, que no pierde ni un segundo en brindar al nuevo todo su apoyo y asesoramiento. Igualito que aquí, donde el no es no nos ha tenido casi un año sin gobierno y la presumible -y exigible- leal oposición es de todo menos leal.

El nuevo presidente estadounidense será lo que será -o lo que nos han dicho que es o será-, pero le ha votado la mayoría y la mayoría, la inmensa mayoría, le acata y respalda. Por lo menos hasta que haya nuevas elecciones, aunque por estos lares se nos venda aquello como poco menos que un fraude.

Qué duda cabe que -al margen de las otras virtudes que adornan a los USA: iniciativa, atrevimiento, osadía, decisión, valor...- no tienen ningún complejo de sentirse todos uno y el mismo pueblo. Según una encuesta llevada a cabo por el centro de investigación Pew Reseach Center, en la que han participado ciudadanos de Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Alemania y España, los norteamericanos creen mayoritariamente en el valor del concepto de unidad nacional. Nos separan muchos kilómetros y parece que muchas más cosas.

Siendo como son individualistas, defienden su país del primero al último, dejan al margen sus ideales personales y se vuelcan en lo colectivo. Es impensable que se pite al himno o que se queme una bandera. Igualito que aquí, donde los responsable de varias Comunidades Autonómicas incitan a su población a desobedecer las leyes del Estado. O se inventan una historia a medida. O se empeñan en prohibir algo que saben que gusta a otros sólo por que a unos pocos les parece algo del viejo orden político o pude afectar a sus intereses personales.

Si cuando todo un Tribunal Constitucional, que es el órgano que ejerce la función de supremo intérprete de la Ley, dice que no se pueden prohibir las corridas de toros en Cataluña y los representantes de la Generalidad -que depende de España en todos los sentidos y es, no se olvide, parte misma de España- anuncian que no piensan acatar esa decisión y, encima, alientan a sus ciudadanos a ir contra la normativa estatal, asistimos a la representación de una escena que podría estar sucediendo en una república bananera, en la que cualquier personaje con una mínima responsabilidad o autoridad - incluso sólo con una gorra y una pistola (o, puede que hasta sobre la gorra)-, en cuanto se siente importante pretende ser el baranda máximo y pasar por encima de los demás para su propio beneficio. Que es, ni más ni menos, lo que ocurre arriba de la Comunidad Valenciana.

Tampoco es de recibo que un puñado de activistas que se dicen defensores de los animales pretenda acabar con una tradición milenaria -y manifestación clarísima de nuestra cultura-  en pos de una entelequia como es esa aberración que se ha dado en llamar "derechos de los animales". Y que, además, llevados de su ignorancia supina, acabarían por exterminar a la especie que dicen defender... Y nadie toma cartas en el asunto ni nadie corta de raíz el conflicto ni nadie dice nada y, menos, hace algo para solucionarlo.

Por aquí salen a relucir a la mínima ocasión banderas inconstitucionales, pero lo que debería ser nuestra enseña es una que llevase bordado como escudo el dibujo de Goya en el que se ve a dos paisanos, enterrados hasta las rodillas, matándose a palos. Esa es España. Y, mientras, los americanos, a lo suyo.

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