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José Luis Rodríguez García - 31/10/2016

En nuestras vidas los acontecimientos pasan como estrellas fugaces que dejan su estela en titulares de prensa. Sin embargo, por impactante que sea la noticia ésta fenece tras tomarnos el primer café de la mañana.

Este artículo pretende evocar, aunque sea al sesgo (cuando escribo aún no se conocen los fundamentos de la sentencia), la existencia de una estrella luminosa, el derecho de la vuelta de los toros a Cataluña.

Los contrarios a los toros promovieron una plataforma para lograr la prohibición de la tauromaquia mediante la iniciativa de recogida de 50.000 firmas, y pusieron tanto empeño  que  rebasaron la cifra.

Y en 2010 se debatió y se aprobó en el Parlament  el texto de la erradicación de la lidia con la escandalosa excepción de los "bous al carrer", evidenciando la norma la distinta vara de medir de los diputados. Sin duda más preocupados por los votos que por la calidad ordenancista del texto.

La votación secreta resultó ajustada y sorpresiva pues de alguna manera se nos hizo creer que había suficientes diputados socialistas que no estaban inclinados por la prohibición, sin embargo el resultado lo desmintió. Comenzó entonces un desencanto de los efectos de la política en la tauromaquia y la necesidad de reaccionar desde la defensa de la libertad.

Con estos antecedentes se encaraba un negro futuro que nos ocuparía a los aficionados más de un lustro, tiempo suficiente para que la prohibición causara  perjuicios económicos directos y colaterales, además de morales. El tiempo siempre produce efectos que van más allá  de la  paralización de la actividad negocial. Las plazas de toros desde el ángulo empresarial son un negocio al que se pretende acuda la gente a pasárselo  bien, al tiempo que generan en su entorno vida social con rentable repercusión económica.

Cumpliendo tan exótica Ley no se podían celebrar corridas en Cataluña y los aficionados no tuvimos más remedio que desplazarnos a otras Autonomías, si queríamos seguir viendo toros.

La interdicción se produjo en un contexto proclive al trágala de lo políticamente correcto, actitud que entre la ciudadanía se vive entre acomodaticia y cobarde, pues consiste en pensar íntimamente de manera diferente a la que se exterioriza, con lo que se evita llevar la contraria a la corriente que parece o se cree dominante.

Hubo quien no se acomodó: LUIS Mª GIBERT (q.e.p.d) fue, admirablemente, uno de ellos.

Por eso todos los taurinos, no sólo los catalanes, estamos obligados a no olvidar a este hombre.

GIBERT fue consciente de que la prohibición se había conseguido en un marco formal pero materialmente viciado, con infracción de la Constitución y en contra de la libertad.

Esto se escribe ahora en dos líneas pero había que organizar y promover una ILP de ámbito estatal. Tarea ciclópea para ser acometida en Cataluña y llevarla a buen puerto.

Un trabajo de esta envergadura requería medios, tenacidad y un talante firme en un ámbito manifiestamente hosco.

La norma catalana entró en vigor el día 1 de enero de 2012.

Debajo de todo esto, que no es poco, se amagaba, como sabemos, una gran tensión: El afán político por convertir los toros en algo "extraño" en Cataluña (para lo que se iba incluso contra la historia) y se dispuso además de la colaboración de los llamados animalistas.

Los toros eran un símbolo a derribar, como ya se había hecho muchas veces con el toro de Osborne.

Hasta los más ignorantes sabían que Joselito y Belmonte triunfaron en Barcelona antes de la Guerra Civil. Pero convino hacer ver que los toros eran un espectáculo franquista.

LUIS Mª GIBERT quiso desenmascarar la gran mentira que se estaba urdiendo y logró, con un equipo de fedatarios, reunir más de 600.000 firmas. Una epopeya inicial que ha culminado, tras una sucesión de actos legislativos y procesales, en una sentencia que nos iguala en derechos a los demás aficionados españoles.

Estuve presente en La Monumental el día de su clausura, el de la última corrida.  Las escenas vividas no se borran de mi memoria. Hay una imagen  que compendia todas, el momento en que terminado el festejo una parte del público bajó hasta el albero para llevarse un puñado de arena de recuerdo…

Me consta que muchos están deseando devolverlo a la plaza el día que de nuevo suenen los clarines y timbales.

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