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Jorge Arturo Díaz Reyes - 27/09/2016

Guerra o paz, esa es la cuestión. Lo demás es lo de menos. En seis días el país votará si quiere o no poner fin a 52 años de una guerra fratricida, sucia de lado y lado como todas las guerras y en ocasiones más que todas.

Ríos de sangre y lágrimas, 200.000 muertos, ocho millones de desplazados, billones y billones invertidos en la hecatombe, no han logrado el anhelo de los dos bandos; aniquilar al contrario.

"No hay guerra santa, solo la paz es santa", dijo hace poco el Papa Francisco I quien ha bendecido el acuerdo.

Seis años de rigurosas negociaciones concluyen con una renuncia militar de las FARC (renuncia, no nos digamos mentiras), desmovilización, entrega de armas, reclusión voluntaria en campos de concentración, confesión de delitos, verdad, ruegos de perdón, sumisión a la justicia (transicional), reparación a las víctimas y compromiso de no repetición.

Todo, a cambio de ser oídos, de poder transformar su acción bélica en acción política, parlamentaria, civil, pacífica, y claro de que el Estado acepte así mismo, y con equidad sus responsabilidades en el conflicto bilateral.

"No es el acuerdo perfecto, pero es el mejor posible", han declarado los tozudos negociadores. Entre otros muchos, las Naciones Unidas, la Unión Europea, La Organización de Estados Americanos, la Corte Penal Internacional, la Iglesia Católica, El gobierno de los Estados Unidos, el cual en estos casos siempre hay que nombrar aparte, han respaldado el proceso.Como todos los colombianos he padecido directa e indirectamente la tragedia. Tres miembros de mi familia fueron secuestrados por las FARC, tengo amigos, muertos y desaparecidos. Soy parte de una generación vieja que no ha conocido el sosiego pero que cree tener derecho a él y a heredárselo a sus hijos y nietos.

Ese derecho que no nos pueden seguir prohibiendo en aras del interés particular, la soberbia, la politización, el odio ideológico, la venganza…

Finalmente, (se trata de un medio taurino), como cronista y testigo de la zozobra con el que los criadores del toro, los toreros, los empresarios, los aficionados han mantenido viva la fiesta durante todos estos cruentos años, debo decir que también por eso votaré "Sí" a la paz el 2 de octubre.

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