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Jorge Arturo Díaz Reyes - 03/11/2015

El toreo es cosas seria. Creo. El que por lucro los profesionales del “show-business” quieran transformar la corrida en comedia, los toreros enactores, el toro en comparsa, el público en claque, y todo en una bufonada me resulta sacrílego.

Y peor aún, que se haga bajo el fariseo pretexto de “salvar la fiesta”, cuando en realidad es la manera más infame de darle muerte; degradándola, convirtiéndola en burlesco, en hazmerreír.

--¡Evolución! Nos hemos estancado. Cambiar libreto, coreografía y elenco. A la plaza hay que ir a reírse, no a otra cosa. Es lo que pide la sociedad actual, cansada de antiguallasheroicas–claman, ellos y sus voceros, que no son pocos, ni gratuitos.

Barrer la vieja liturgia, el rito de honor, el culto sacrificial (único real que conserva esta cultura promiscua del encanallamiento globalizado), pues la clientela que persiguen, moderna, joven, frívola, metrosexual, dicen, no traga ya los valores milenarios de la épica, la gallardía, la lealtad, la bravura, el sacrificio, la hombría.

Los encuentra “rancios”, anacrónico, repugnantes con su campero “sol y moscas”, con su Madrid, ese rompeolas insoportable y ventoso, con su Sevilla (¡Imagínense!),a la cual no redimen de su esencia sino un gran cómico y sus toritos de vodevil. ¡Ah! y el aire acondicionado, porque,agregan--a Dios también le gusta--¿Le preguntarían?

Y mientras los esnobistas predican su “revolución”, las figuras aplican contemporizando sinfónicamente con la supresión de la suerte suprema en Quito, y vuelven a la cosa esa de burlar el toro en el ruedo y luego liquidarle(por tercera mano) a escondidas e indefenso en los corrales, cual matarifes. Por unos dólares más, claro.

Como aficionado viejo (caduco si gustan), no me cabe duda de quea la fiesta le va mejor con los quela combaten desde fuera y no desde adentro, los que quieren matarla en franca lid, los que de frente luchan por dejarla tendida en el campo de batalla,honorablemente,sinocultar sus dagas bajo el disfraz taurino.

Por cierto. Me indignó la reciente prohibición en Barcelona de unos carteles publicitarios con el argumento de que eran toreros. Inquisitorial, insufrible... Ahora, que si la razón aducida por los censuradores hubiese sido la valedera, la higiénica, dado el contaminante mal gusto y la cursilería emética de la propaganda, yo, como médico, les hubiese comprendido.¡Qué horror!

 

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